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Solidaridad con el pueblo palestino | ||||||
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A Fadwa Tuqán,
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POESÍA
A FADWA TUQÁN,
SÍMBOLO DE LA RESISTENCIA PALESTINA.
SEVILLA | 11.9.2004)
En aquel inolvidable atardecer que vivimos en el Patio de los Naranjos de Sevilla durante el encierro en solidaridad con Palestina de Septiembre de 2004 la arabista Clara María Thomas comentó y recitó poemas de Fadwa Tuqán que nos conmovieron profundamente. Le dijimos lo que nos gustaría poder publicarlos en nuestra güeb. Estos son los textos y las poesías de aquella improvisada conferencia.

Fadwa Tuqán (1917-2003), auténtico símbolo de la resistencia palestina a la ocupación israelí, ha fallecido en diciembre de 2003 en Nablus, en la Cisjordania ocupada, sin ver Palestina liberada. Pero nos ha dejado su imperecedera voz.
Fadwa nació en 1917 en la ciudad cisjordana de Nablus, donde pasará prácticamente toda su vida. Su familia, cristiana y de intelectuales y políticos, parecía un ambiente favorable para su desarrollo personal y literario. Pero ella pasó su infancia y juventud carente del afecto paterno, encerrada entre los muros del harén, y reprimida por su madre y las otras mujeres de la familia. Por ello, en su primer poemario -titulado expresivamente Sola con los días (1952)- muestra su rebelión contra esa cárcel familiar en el poema "Desde detrás de los muros":
Cantaré, aunque me aplasten las cadenas,
las canciones y anhelos de mi alma.
Mi madre, la vida, bendice mi canto,
que brota de sus profundas entrañas.
(Texto árabe en Tuqán, 1993: 88-90).
Privada de asistir a la escuela, sólo halló en casa la ternura y comprensión de su hermano, el célebre poeta Ibrahim Tuqán (1905-1941), que la iniciará en el mundo de la poesía. Él fue su único y verdadero maestro, como recuerda Fadwa en su autobiografía: "Nombre: Fadwa Tuqán. Clase: ninguna. Profesor: Ibrahim Tuqán. Materia: poesía. Escuela: casa".
A los 22 años, cuando Ibrahim la llevó consigo a Jerusalén en 1939, estudió en la "Asociación de Jóvenes Cristianos" Lengua y Literatura Inglesa, estudios que continuará en el Instituto Británico de Nablus y más tarde en Inglaterra. Además, empezó a publicar poemas personales y a darse a conocer en ambientes más amplios. Pero Ibrahim moriría en Jerusalén en 1941, dejándola realmente huérfana. Fadwa le dedicará una apasionada biografía, Mi hermano Ibrahim (1946), y muchos poemas y antologías.
Tras una grave crisis psicológica, los acontecimientos marcarán un giro en su poesía. Su padre quería que escribiera poesía política para llenar el vacío dejado por Ibrahim, a lo que ella se negaba, pues su encierro la impedía participar en la vida de su patria. Pero, tras el desastre de 1948 durante el que muere su padre, empezará a escribir poesía política de forma intermitente, pues Nablus se llenó de palestinos que huían de la tierra conquistada por Israel. Por ello, desde sus primeros divanes está presente la tragedia de su pueblo disperso. Cuando Israel arrasó la aldea de Qibya, Fadwa escribió "Sueños del recuerdo": en los primeros versos sueña con Ibrahim, que anunciaba el desastre durante la revuelta palestina de los años 30 contra los británicos, y le dice apenada:
Dirigí mi mirada hacia donde tú mirabas,
mientras serpeaba en mi corazón un peso escondido:
Tras el humo, había allí un rebaño
disperso por todos los desiertos.
Un rebaño apacible... el resto de mi pueblo.
Éste, expatriado... Aquél, perseguido.
Se habían abandonado a una apática calma,
protegidos por las tiendas en el espacio abierto.
¡Volcanes extintos que ya no echaban lava!
La llama se había hecho hielo en sus entrañas.
Sumidos en la humillación de los esclavos,
tan sólo al alimento ya aspiraban.
La mano de su verdugo se lo daba, generosa,
para anestesiarlos cada nueva mañana.
Dirigí hacia ti de nuevo una cargada mirada,
con una afligida pregunta en mis labios:
"¿Has visto, hermano, cómo ha acabado
la causa? ¿Has visto el espantoso destino?
¿Recuerdas cuando enviabas tu poesía
a recorrer la patria con el ímpetu de la llama,
para avisarles del humillante final que se acercaba,
como si leyeras lo invisible en una pizarra?"
(Texto árabe en Tuqán, 1993: 132-135).
En "La llamada de la tierra", Fadwa evoca el ansia de retorno de los palestinos que vivían en los campos de refugiados cercanos:
"¿Me han usurpado mi tierra? ¿Me han privado de mis derechos,
y me voy a quedar aquí, uncido al exilio, humillado y desnudo?
¿Me voy a quedar aquí a morir como un extraño en tierra extraña?
¿Me voy a quedar? ¿Y quién lo ha dicho? Volveré a la tierra amada.
¡Por supuesto que volveré! Y allí se cerrará el libro de mi vida.
Se apiadará de mí su tierra generosa y dará cobijo a mis cenizas.
¡Regresaré, es necesario que vuelva!
¡Regresaré, comoquiera que sean mis desgracias!".
Mas siguió desterrado, observando su tierra
y murmurando: "¡Es necesario que vuelva!".
Mientras, agachaba la cabeza en la tienda,
cerrando el alma a su oscuridad,
cerrando el pecho a su desgracia.
Pero seguía estando ahí, fija, esa idea,
zumbando febril y silenciosa,
hirviendo y ardiendo en su cabeza,
quemando, como el fuego, sus sentidos:
"¡Regresaré, es necesario que vuelva!"
(Texto árabe en Tuqán, 1993: 121-122).
Liberada del harén en 1950, salió al encuentro de sí misma y de la vida, temas que reflejará en el poemario de auto-descubrimiento titulado La encontré (1957). También enriquecerán su experiencia sus viajes a Oriente y Occidente, pues viajar ha sido para ella una fuente desbordante de conocimiento, junto al mundo de los libros. En 1956 conoció en Estocolmo al poeta Salvatore Quasimodo, que se encontraba allí para recibir el Premio Nobel de poesía y que le dijo, fascinado: "Eres bella, y tus ojos, profundos". Ese encuentro le inspiró el delicioso poema "No venderé su amor", en que Fadwa, halagada, le responde con palabras llenas de amor a Palestina:
Tengo, poeta, en mi patria,
en mi querida patria, un amado que me espera.
Es de mi país. No perderé
su corazón.
Es de mi país. No venderé
su amor
ni por la luna,
ni por las brillantes estrellas,
ni por todos los tesoros de la tierra.
(Texto árabe en Tuqán, 1993: 186-187).
El amor dominará su vida en esta etapa y dará título a su siguiente poemario: Danos amor (1960). Pero dicho amor no era sólo un sentimiento personal, sino una necesidad colectiva, como pone de relieve en su "Segunda oración al Año Nuevo":
Danos amor... Y alzaremos de nuevo
nuestro mundo caído.
Tornaremos
la alegría fecunda a nuestro mundo estéril.
Danos alas, que nos puedan abrir
las altas cumbres, para escapar
de esta cueva asediada,
de los muros de hierro solitarios.
Danos luz, que traspase
las espesas tinieblas.
(Trad. de Mz. Montávez, 1994: 36).
Cuando Fadwa pasó dos años en Oxford (1962-1964) ampliando sus conocimientos de Lengua y Literatura Inglesa, maduró su compromiso político al comprobar la indiferencia de Occidente hacia la tragedia palestina. Además recibió la noticia de la muerte de otro hermano, Nimr. Y también sufrió una fuerte crisis religiosa. El eco de esas experiencias aparece en Ante la puerta cerrada (1967).
Pero será tras la ocupación de Cisjordania en la "Guerra de los Seis Días" de junio de 1967cuando su poesía dé un giro radical. Fadwa tenía 50 años y se halló en "tierra ocupada". Meses antes había tenido un encuentro decisivo con los poetas palestinos que protestaban con su pluma contra la ocupación desde dentro de Israel, y decidió incorporarse a aquel grupo de jóvenes poetas y unirse a su combate literario. En recuerdo de aquel encuentro escribió su célebre poema "No lloraré" (1968):
A las puertas de Yafa, amigos míos,
y entre el caos de escombros de las casas,
entre la destrucción y las espinas,
dije a los ojos, quieta:
Deteneos... Lloremos sobre las ruinas
de quienes se han marchado, abandonándolas.
La casa está llamando a quien la edificó.
La casa está dando el pésame por él.
Y el corazón, deshecho, gime
y dice:
Los restos de la casa no dijeron palabra.¿Qué te han hechos los días?
¿Dónde están los que antes
te habitaban?
¿Has sabido de ellos?
Aquí soñaron, sí,
aquí estuvieron,
y trazaron los planes del mañana.
Mas, ¿dónde están los sueños y el mañana?
Y, ¿dónde,
dónde ellos?
Allí, habló sólo la ausencia,
el callar del silencio, el abandono.
Allí se amontonaban los búhos y los fantasmas,
extraños en los rostros, las manos y la lengua;
en su entraña metiéndose,
en ellas extendiendo sus orígenes.
Allí...
Y tantas cosas más...
Mientras el corazón se ahogaba de tristezas.
¡Amadísimos míos!
Me limpié de los párpados la niebla gris del llanto
para ir a vuestro encuentro.
En mis ojos había
una lumbre de amor y de esperanza
en vosotros, el hombre, y en la tierra.
¡Ay, vergüenza, si me hubiera acercado a vuestro encuentro
con el párpado trémulo, mojado,
y el corazón desesperado y roto!...
Aquí estoy, amados míos, con vosotros;
a coger una brasa de vosotros;
a tomaros, ¡candiles de la noche!,
una gota de aceite para mi lámpara.
Aquí estoy, amados míos,
con mi mano tendida hacia la vuestra;
bajando mi cabeza, aquí, ante las vuestras;
elevando la frente, con vosotros, al sol.
Aquí estoy, con vosotros,
fuertes como las rocas de nuestros montes,
y aquí estáis vosotros,
dulces como las flores de nuestra tierra.
¿Cómo van a aplastarme las heridas?
¿Cómo podrá aplastarme la desesperación?
¿Cómo voy a llorar ante vosotros?
Juro, a partir de hoy, no llorar.
¡Amadísimos míos!
El alazán del pueblo ha superado
el tropiezo de ayer,
y, tras el río, los héroes se yerguen.
Escuchad muy atentos, que el alazán relincha
confiado en su asalto;
que ya escapa al asedio de la oscura desgracia,
y corre hacia su puesto sobre el sol;
mientras compactos grupos de jinetes
le bendicen y le juran devoción,
le rocían con humo de limpias cornalinas,
con sangre de corales,
le dan de sus despojos copiosísima alfalfa,
y le aclaman, lanzado:
¡Corre al ojo del sol!
¡Corre, alazán del pueblo!
Que tú eres la señal y el estandarte,
y nosotros la cohorte que te sigue.
Ya no puede pararse la marea,
la pasión y la ira;
ya no puede caer en nuestras frentes,
sin luchar, el cansancio;
ni quedaremos quietos,
hasta haber expulsado a fantasmas y sombras.
¡Amadísimos míos!... ¡Candiles de la noche!
¡Hermanos en la herida!
¡Oh, semilla del trigo,
levadura secreta!
Él muere para darnos.
Aquí, nos da,
y nos da.
Yo ando vuestros caminos,
y heme aquí, ante vosotros.
Junto y lavo las lágrimas de ayer,
y me planto, lo mismo que vosotros, en mi tierra y mi patria.
Lo mismo que vosotros, voy sembrando mis ojos
en la senda del sol y de la luz.
(Trad. de Mz. Montávez-Sobh, 1969: 119-122).
Al unirse a los poetas de la resistencia, Fadwa va a escribir sus mejores versos: viendo a su país presa de la ocupación una vez más y contemplando el nuevo éxodo masivo de los palestinos, alzó su voz en defensa de Palestina y sus derechos. En su poemario La noche y los caballeros (1969) incluye el poema anterior y otros magníficos poemas nacionalistas que compuso a partir del desastre del 67, entrando así a formar parte oficialmente de la llamada "poesía de resistencia". Éstos son los cinco desgarradores cantos que dirige a Palestina en "Palabras a mi patria":
1. "Mi ciudad está triste"
El día en que conocimos la muerte y la traición,
se hizo atrás la marea,
las ventanas del cielo se cerraron
y la ciudad contuvo sus alientos.
El día del repliegue de las olas; el día
en que la pasión abominable se destapara el rostro,
se redujo a cenizas la esperanza,
y mi triste ciudad se asfixió
al tragarse la pena.
Sin ecos y sin rastros,
los niños, las canciones, se perdieron.
Desnuda, con los pies ensangrentados,
la tristeza se arrastra en mi ciudad;
el silencio domina mi ciudad,
un silencio plantado como monte,
oscuro como noche;
un terrible silencio, que transporta
el peso de la muerte y la derrota.
¡Ay, mi triste ciudad enmudecida!
¿Pueden así quemarse los frutos y las mieses
en tiempo de cosecha?
¡Doloroso final del recorrido!
2. "La peste"
El día en que se extendió la peste en mi ciudad,
me eché al campo desnudo,
abierto el pecho al cielo,
gritando desde lo hondo de las penas:
¡Arreadnos las nubes!
¡Soplad, vientos, soplad!
Y bajadnos las lluvias.
Que depuren el aire de mi ciudad,
que laven las montañas, las casas y los árboles.
¡Soplad, vientos!... ¡Arread los nubarrones!
¡Y que caigan las lluvias!
¡Y que caigan las lluvias!
¡Y que caigan las lluvias!
3. "A G. H. en nuestra cita"
Extraño amigo mío...
Si pudiera llegarte como ayer.
Si asesinas serpientes
no hubieran alborotado todos los caminos,
cavando tumbas para mis gentes y mi pueblo,
sembrando muerte y fuego.
Si no hubiera regado la derrota la tierra de mi patria
con piedras vergonzosas, injuriantes.
Si este corazón que tú conoces
fuera el mismo que ayer,
y no sangrase por la puñalada.
Si hoy, amigo mío, como ayer,
pudiera envanecerme de mi gente,
de mi casa y de mi fuerza,
ya mismo me tendrías a tu lado.
Amarrando a las playas de tu amor el barco de mi vida.
Y seríamos igual que dos pichones.
4. "El diluvio y el árbol"
El día en que el diabólico ciclón se propagó tiránico.
El día en que las costas salvajes arrojaron
el oscuro diluvio
contra la tierra buena y verde,
gritaron (y a través de los aires, sus "albricias"
resonaron por todas las agencias):
Ha caído el árbol.
El poderoso tronco está aplastado.
Ya, ni asomo de vida para el árbol
dejó la tempestad.
El árbol ha caído....
¡Perdón, rojos arroyos!
¡Perdón, raíces regadas
con el vino que sangran los cadáveres!
¡Perdón, raíces árabes,
hundidas como rocas en la entraña,
y que cada vez más os entrañáis!
El árbol se alzará.
El árbol se alzará, y sus ramas,
al sol, irán creciendo;
en risa verdeciendo, y en hojas,
cara al sol.
Y el pájaro vendrá,
no tiene más remedio que venir.
El pájaro vendrá.
El pájaro vendrá.
5. "Siempre vivo"
Querida patria, no.
A pesar de todo lo que gire, en la estepa sombría
sobre ti, la piedra del dolor.
No podrán, amor nuestro,
arrancarte los ojos.
No podrán.
¡Que estrangulen los sueños, la esperanza!
¡Que claven en la cruz
la libertad de construir y trabajar!
¡Que nos roben las risas de los niños!
¡Que quemen!
¡Que destruyan!...
De la propia miseria.
De nuestra gran tristeza.
De la sangre pegada en nuestros muros.
Del temblor de la vida y de la muerte,
surgirá en ti la Vida nuevamente.
¡Tú, vieja herida nuestra!
¡Dolor nuestro!
¡Nuestro único amor!
(Trad. de Mz. Montávez-Sobh, 1969: 113-117).
"Al Mesías en su fiesta" es un poema sobre la triste Navidad en Jerusalén tras la guerra del 67 en que la ciudad fue ocupada por Israel: el pueblo palestino es el nuevo Cristo, que revive su pasión tras 2000 años, mientras el mundo permanece ajeno a su tragedia:
Señor,
Rey de las cosas:
En tu fiesta, este año, se crucifican
las alegrías todas de Jerusalén.
En tu fiesta, este año,
Señor,
enmudecieron todas las campanas.
Desde hace dos mil años.
Desde hace dos mil años,
para callar en éste solamente.
Todos los campanarios están de luto,
y la negrura envuélvese en negrura.
Por la Vía Dolorosa,
Jerusalén entera es azotada
bajo la cruz de la pasión,
sangra bajo la mano del verdugo.
Y el mundo es un corazón cerrado al drama.
Indiferente y rígido,
Señor,
ciego y descarriado,
no ha alzado ni una vela en el desastre,
no ha vertido una lágrima
con que lavar las penas de Jerusalén.
Señor:
Los viñadores han asesinado al heredero,
y robado las viñas.
El pájaro del crimen puso alas
a los pecadores del mundo,
y ha volado
manchando a la inmaculada Jerusalén,
cual demonio maldito
que odia hasta Satanás.
Señor
y Gloria de Jerusalén:
del pozo de las penas,
del abismo,
del fondo de la noche
y el corazón del ¡ay!,
se alza hasta ti el lamento de Jerusalén.
¡Apiádate, Señor,
y apártale este Cáliz.
(Trad. de Mz. Montávez-Sobh, 1969: 123-124).
En "El comando y la tierra" canta a los fedayines inspirándose en la heroica muerte de Mazín Abu Gazala en las colinas de Tubás, durante una batalla desencadenada a finales de septiembre de 1967. Recoge palabras del diario que éste escribía el 15 de junio anterior y su diálogo mental con su madre:
1. Me siento a escribir... Mas ¿qué puedo escribir?
¿De qué vale decir
"Patria mía"..., "gente mía"... "pueblo mío"?
¿Protegeré a mi gente con palabras?
¿Salvaré con palabras a mi pueblo?
¿No es absolutamente despreciable
sentarse a escribir hoy?
Hoy, todas las palabras
son sal, no echan ramas ni flores
esta noche.
2. En medio del sopor y de la ausencia,
un divino candil le alumbró los rincones del alma,
encendiendo en sus ojos el ardor de dos brasas.
Cerró la agenda,
y Mazín, el doncel valeroso,
se dispuso a llevar la carga de su amor,
las inquietudes de su tierra y de su pueblo,
los restos de deseos diseminados.
- Me voy, madre,
voy con mis camaradas,
donde debo.
Contento con mi suerte,
como roca que el cuello me atenaza.
Arranco desde aquí,
y todo lo que tengo:
pulsos, amores, gustos,
y servidumbres,
lo entrego por su causa,
en dote por la tierra.
- (¡Hijo mío!)
(¡Corazón!)
- El alegre desfile,
madre, no llegó aún,
pero ha de llegar;
la gloria arrea sus pasos.
- (¡Hijo mío!)
(¡Mi......!)
- No te apenes si caigo antes que llegue.
Nuestro camino es largo,
penosísimo,
y se pierde a lo lejos,
sin saber en qué punto quedará.
Cruzamos, alumbrados por sangrientas antorchas,
las infernales playas de la noche,
para que la alegría llegue tras nosotros.
Porque ha de llegar esa alegría,
coger en la medida que se da.
- (¡Hijo mío!)
(¡Corazón!)
(Bendíjole con dos
azoras del Corán.)
¡Vete!
(Pidió al Señor por él.)
Mazín era su príncipe, su mozo,
señor de los jinetes.
Mazín era su orgullo y su grandeza,
su dádiva a la patria.
En la infinita tienda de la noche,
al aire abierto,
la madre se levantó para rezar.
Y alzó su rostro al cielo,
desbordante de estrellas
y de enigmas.
¡Oh, día en que a la vida le entregó,
cual trocito de masa perfumada,
con la fragancia toda de la tierra!
¡Oh, día en que le puso el pecho fértil,
abrazó su embriaguez,
y descubrió el sentido de la vida
en la gota de leche!
¡Hijo mío!
¡Corazón!...
Por ese solo día,
por ése, te parí.
Por él te di a mamar.
Por él te di mi sangre,
te di todos mis pulso
y todo lo que pueden dar las madres.
¡Hijo mío!
¡Planta noble arrancada de su tierra!
¡Vete!....
No hay nada más querido que tú,
salvo la tierra.
3. Tubás, tras de los cerros:
Orejas que se tensan en las sombras;
ojos a los que el sueño abandonó.
El viento, tras los bordes del silencio,
retumba por los cerros;
va jadeando en pos del aliento perdido;
corre dentro del círculo mortal.
¡Mil "holas" a la muerte!...
Y la estrella caída se abrasó,
atravesó los cerros
como un rayo de voz enardecida;
sembrando por los cerros un vivo resplandor.
En una tierra que nunca derrotará la muerte,
que nunca podrá la muerte derrotar.
(Trad. de Mz. Montávez-Sobh, 1969: 129-133).
En "Gemidos ante la ventanilla de admisiones" denuncia la humillación a la que es sometido el palestino que intenta pasar por la frontera hacia su tierra. Fadwa está en una cola en el puente Allenby, mendigando de la cruel insolencia del enemigo el permiso de tránsito:
De pie, en el puente, pido pasar,
¡ay, pido pasar!
Me asfixio. Mi aliento,
roto va en el ardor del mediodía.
Siete horas de espera...
¡Quién le corta las alas, ay, al tiempo!
¡Quién le afloja las piernas al mediodía!
Mi frente es azotada por el estío,
y mi sudor
es sal cayéndome en los párpados.
¡Y miles de ojos, ay,
que cuelgan como espejos doloridos por el ansia caliente,
como signos de espera pacientosa
sobre la ventanilla de los visados!
¡Ay, que pido pasar!
Y resuena la voz de un mercenario
como una bofetada sobre todos:
"¡Árabes!... ¡Jaleo!... ¡Perros!....
¡Volved!... ¡No os acerquéis al río!
¡Volveos!... ¡Perros!..."
Mientras, cierra una mano la ventanilla;
cierra la senda
ante nosotros.
¡Ay, humanidad mía desangrándose,
corazón goteando mirra,
y sangre cual veneno llameante!
"¡Árabes!... ¡Jaleo!... ¡Perros!....".
¡Odio mío enloquecido que te creces!
Mataron el amor en mis entrañas.
Cambiaron ya la sangre de mis venas
en lava y alquitrán.
(Trad. de Mz. Montávez-Sobh,, 1969: 139-141).
La angustia ante la situación de Palestina le hace gritar el himno "La libertad del pueblo" (1969):
¡Libertad!
¡Libertad!
¡Libertad!
¡Libertad!
Voz que, con boca colérica repito,
bajo las balas y entre el fuego;
tras la que corro aún,
a pesar de llevar los pies trabados;
cuyas pisadas sigo,
a pesar de la noche,
en la marea de la ira aún llevada.
Yo combato, gritando:
¡Libertad!
¡Libertad!
¡Libertad!
Y los puentes, y el río sacrosanto
repiten:
¡Libertad!
Y ¡libertad!
repiten las dos orillas.
En mi patria, el ciclón, las lluvias y los truenos
lo repiten conmigo:
¡Libertad!
¡Libertad!
¡Libertad!
Continuaré escribiendo su nombre al combatir:
En la tierra, en los muros, en las puertas,
contra las brechas de las casas;
en la mezquita y el ara de la Virgen,
por todos los caminos de las fincas.
Por todas las colinas, las pendientes,
las calles, las esquinas.
En la cárcel y el calabozo de tortura.
En la maderas de las horcas.
Continuaré, a pesar de las cadenas,
a pesar de las casas destrozadas,
a pesar de las grandes hogueras,
escribiendo su nombre. Para ver
cómo se va extendiendo por nuestra patria y crece,
y continúa creciendo,
sin parar, hasta cubrir
palmo a palmo su húmeda tierra.
Hasta ver cómo una roja libertad abre todas las puertas
mientras huye la noche,
y aplasta la luz los fustes de la niebla.
¡Libertad!
¡Libertad!
¡Libertad!
Y los puentes, y el río sacrosanto
repiten:
¡Libertad!
Y ¡libertad!
repiten las dos orillas.
En mi patria, el ciclón, las lluvias y los truenos,
y los pasos del iracundo viento,
lo repiten conmigo:
¡Libertad!
¡Libertad!
¡Libertad!
(Trad. de Mz. Montávez-Sobh, 1969: 135-137).
En "Carta a dos niños de la Ribera Oriental", se dirige a sus sobrinos, Karma y Omar, que viven en Jordania, ajenos al horror de Nablus, donde sigue residiendo Fadwa bajo ocupación israelí. Ahora no quiere turbar su infancia contándoles lo que allí pasa, pero sabe que en el futuro tendrán que sufrirlo, como le ocurrió a su generación. Es un poema lleno de ternura y añoranza, y a la vez de oscuros presentimientos, mas siempre teñidos de esperanza.
Pequeña mía, tu abuelo triste ha muerto.
Ha muerto mi padre de tristeza.
Y mientras sus raíces se hundían hasta el fondo en su tierra,
allá en Bisán,
daba vueltas la cinta,
como el tiempo;
allá un cuento infantil,
alborozos de risa,
un ingenioso chiste enviado por Omar.
Pero ahora, Omar, me cansa la nostalgia
de tu cara de luna.
¿Te acuerdas de cuando te subías al monte
y me traías un ramillete de flores silvestres,
de "cuerno de gacela",
de amapolas azules y rojas,
de la albahaca silvestre y el hinojo
que regala nuestro país en primavera,
que regala la lluvia?
Cruzo el río
por el puente de mi imaginación, pequeños míos,
con el recuerdo como puente.
Si ellos pudieran, acabarían con la imaginación
igual que han derramado la sangre del amor, el cariño
y el recuerdo.
Abrazo la infancia,
beso el lucero luminoso de vuestras caritas,
beso los ojos de color de miel...
La cruda realidad me devuelve a este sitio
con los costados heridos por espinas
y en la boca el amargo sabor de la certeza.
Queridos pequeños de allá, de la otra orilla,
tengo muchas historias que contaros.
Con Simbad el Marino,
el Pescador y el Genio,
y Qámar az-Zamán y la Princesa
tengo aquí otras historias nuevas
con sucesos que da miedo contaros.
Porque da miedo apagar la luz de vuestro mundo,
aterrar vuestra infancia,
los puertos sosegados y seguros
de ese pequeño mundo,
con las historias de nuestro país,
de encarcelados y carceleros.
Porque son unos cuentos terribles, y al oírlos
envejecen los niños.
Y no me preguntéis cómo termina, cómo,
la historia de la dispersión y de la pérdida
Porque no entenderíais la respuesta.
Cuando seáis mayores, queridos míos,
el tiempo os lo dirá.
Y entonces llevaréis vuestra carga;
el turno os llegará, como llegó a nosotros,
en esta historia de combate.
Largo, muy largo es nuestro relato.
Y vosotros, tesoros santos, aprenderéis entonces
cuándo y dónde se encuentran los dispersos,
y cómo se termina nuestra historia de diáspora
y de pérdida.
(Trad. de C. Ruiz, en Mz. Montávez, 1995: 195-197).
"Cinco cancioncillas de los comandos" es tal vez la composición más representativa de sus sentimientos hacia Palestina. Como afirma Mz. Montávez (1985: 192), al vivir en la Cisjordania ocupada, la inspiración de Fadwa "se agudiza y extrema, perfora aún más con sus raíces el suelo. Como mujer, como madre, como esposa, trascendiendo limpiamente su herida de hembra para expresar un dolor total e intransferible, su lírica aparece fecundada por la idea y la esperanza, y derribada -pero no vencida- se retuerce en el espasmo de un parto desgarrador y generoso que sueña ansiosamente en la victoria, en la justa reparación a tanta humillación irracional. Ése es el tono predominante, por ejemplo, de sus sobrecogedoras -por lo limpias y escuetas, por su finura penetrante de estilete, por su renuncia a la retórica- Cancioncillas para los comandos". Éstos son sus tres primeros poemas:
1. "Parto"
El viento arrastra el polen,
y nuestra tierra se sacude de noche en los temblores del parto.
El verdugo se engaña a sí mismo,
contándose la historia de la incapacidad,
la historia de la ruina y los escombros.
¡Joven mañana nuestra!... Cuéntale tú al verdugo
cómo son los temblores del parto;
cuéntale cómo nacen las margaritas
del dolor de la tierra,
y cómo se levanta la mañana
del clavel de la sangre en las heridas.
2. "Cuando llueven las malas noticias"
El viento en las montañas trenza el humo,
y por sendas de noche y de tormenta
llueven rocas y piedras:
en la ceniza, negras,
en la humareda, negras.
¡Que lluevan como quieran esas rocas!
¡Que lluevan como quieran esas piedras!
El río sigue corriendo hacia su desembocadura,
y pasado el recodo de las sendas, en la amplia distancia,
espera la mañana,
Espera la mañana por nosotros.
3. "Cómo nace la canción"
Cogemos las canciones
de tu cansado y derretido corazón,
y bajo el denso mar de las tinieblas,
con amorosa luz,
holocaustos e inciensos, las amasamos;
insuflamos en ellas la fuerza del pedernal y de la roca.
Y luego las tornamos a tu límpido y puro corazón,
¡oh, pueblo combatiente y pacientero!
(Trad. de Mz. Montávez-Sobh, 1969: 125-126).
Sus versos tienen tal vigor, galvanizan de tal modo a la resistencia, que el general israelí Moshé Dayán le prohibirá publicarlos y la hará detener en 1970 en Belén, porque sus poemas hacían más daño a Israel que diez atentados. Pero Fadwa siguió escribiendo y publicando poesía: Sola en la cima del mundo, La pesadilla de la noche y el día, Julio y otra cosa... Y además entró en el campo de la narración autobiográfica con obras como Páginas de mi agenda, Un viaje montañoso, un viaje difícil y El viaje más duro.
En Sola en la cima del mundo incluye su dolorido recuerdo "Al mártir Wá'il Zucáytir", cuya muerte puso la realidad palestina ante los falaces ojos del mundo, como dice en sus primeros versos:
Cuando llegó la noticia empapada de tu sangre, nos cubrió la vergüenza.
Cuando dijeron: "El exilio y la enfermedad fueron para él agua y alimento",
nos cubrió la vergüenza.
Cuando dijeron: "Nos daba, a pesar del hambre",
nos turbamos, nos cubrió la vergüenza
y nos quedamos desnudos,
sin abrigo ni velo.
¿Quién cubrirá nuestra desnudez?
¿Quién, valiente, tenderá sobre nosotros un velo?
Cuando la noche, que cerró el ojo del sol,
estuvo en peligro,
cuando la ciénaga de las odiosas mentiras
estuvo en peligro,
cuando el rostro,
cuya deformidad enmascaraban las pinturas,
estuvo en peligro,
cuando el mundo destructivo
se puso en contra tuya, y tú te defendiste
desdeñando a ese mundo,
ellos se acercaron al abrigo de la noche, te rodearon
en la oscuridad,
a traición, y te cazaron.
Tu rostro ausente nos llega en la portada del periódico
y en la mirada lejana de tus ojos.
Nosotros nos vamos, viajamos,
y te encontramos. Te encontramos
solo en la cima del mundo, ¡a ti, ser lejano, cercano!
¡a ti, al que llevamos tan dentro, en nuestras células,
en los poros de la piel, en el latido de las venas
que tensa la orgullosa tristeza!
¡Ser cercano! ¡Ser lejano! ¡Duerme sobre el pecho
que el monte cÁybal abre para ti! ¡Apoya
hoy tu arrogante cabeza en al-Qubba,
que la Roca, en Jerusalén, te acoge ahora,
cuando la muerte te ha dado la vida.
¡Tú,
que despiertas al mundo
podrido en su corteza y en su pulpa,
destruido en su carne y en sus huesos!
¡Tú, que provocas sacudidas en el mundo muerto!
¡Tú, que has sido arrojado, sin tierra y sin familia,
sobre las aceras del exilio, y abrazas contra el pecho,
tirado y desangrándote, los huertos de la patria,
los cielos de la patria
y sus llanuras que sueñan
con los surcos, las lluvias y el arado!
¡Tú, cuya tristeza fue pan en la tierra del desierto y del destierro,
manantial de agua, luna que brillaba en la noche de la diáspora!
¡Tú, que dijiste "no" a la muerte y al desierto,
al rostro al que se le ha estado robando la identidad durante veinte años!
¡Tú, sol de la causa,
duerme aquí, en la patria compasiva, porque ahora estás en ella,
lejano y cercano,
tú, palestino!
¡Tú, que rechazas morir, hoy has vencido a la muerte
muriendo!
(Texto árabe en Tuqán, 1993: 470-472).
Ante la indiferencia del mundo frente el drama de su gente, Fadwa pierde la fe en la humanidad, y sólo halla consuelo en los niños, como dice en "Entre marea baja y pleamar":
Cuando las palabras se vuelven
pegajosas en lenguas que mienten,
yo me meto en mí misma, me contraigo,
me introvierto, me encojo,
aparto todo lo pegajoso del camino
lo más viscoso de lo humano,
retrocedo en mi empuje, me arredro
en el sendero, con espanto de azogue,
me agarro para no escurrirme,
en el resbaladizo suelo hundo los pies,
cierro las manos y no las extiendo,
y rodeo las cosas, evito las sonrisas
aviesas, y descreo del hombre.
Pero cuando me abraza
un niño, y tocan mi rostro cansado
su mejilla aterciopelada, las manos tiernas,
los lirios de sus dedos,
que carecen de garras,
y asoman a mi corazón unos ojos
de cielo, lavados por la húmeda aurora,
luces angelicales,
se ensancha el corazón,
se desvanecen todas las murallas,
el arrugado río se desborda,
crecen en él los árboles,
y vuelve desde su destierro hasta
mi abierto corazón el rostro humano.
(Trad. de C. Ruiz, en Mz. Montávez, 1994: 62).
Por ello, en "Etán en la red de acero" se dirige a un niño israelí de un kibbutz para que no se deshumanice atrapado en la red del sueño sionista del Gran Israel:
Una mañana preguntó un niño del parvulario del kibbutz de Ma'oz Hayim: "¿Cuántos días necesitamos para preservar la patria?"
Bajo el "Árbol", que echa ramas creciendo
y creciendo a ritmos salvajes,
bajo "la Estrella", que construye ante él
los muros ensangrentados del sueño
tejiendo una red de hilos de acero
en la que le hace caer y que le impide el movimiento,
abre sus ojos Etán, el niño humano.
Pregunta, en el velo de la penumbra,
qué significan la red, los muros,
y ese tiempo de piernas mutiladas,
vestido de caqui, de muerte cruel, de humos y tristezas.
¡Si la Estrella revelara la verdad,
si revelara la verdad!
Pero la Estrella...
¡qué pena!
Estás inmerso, pequeño, en la mentira,
y el puerto, Etán, está inmerso, como tú,
en el mar de la mentira.
Lo inunda un sueño engrandecido...
de cabeza de dragón
y de mil brazos...
¡Ay, ay!
¡Ojalá sigas siendo un niño humano!
Me asusta pensar
que crezcas en esta red,
en este tiempo de piernas mutiladas,
vestido de caqui, de muerte cruel,
de fuegos y tristezas.
Temo, pequeño, que muera en ti lo humano,
que lo dejes caer,
que se estrelle
se estrelle
se estrelle en ese barranco.
(Texto árabe en Tuqán, 1993: 486-487).
En su último poemario, Julio y otra cosa, se incluye otro emotivo canto a los "Mártires de la Intifada", fechado el 2 de marzo de 1986:
1. Dibujaron la senda hacia la vida.
La empedraron con coral, con sangre adolescente de roja cornalina.
Alzaron sus corazones -piedras, fuego, ascuas- en las palmas de las manos.
Apedrearon con ellas a la bestia del camino.
- ¡Es la hora de afirmarse. Sed fuertes, corazones!
Y retumbó su voz
en los oídos del mundo, penetrando su eco por todos los rincones.
¡Es la hora de afirmarse!
Y fueron fuertes, y de pie murieron,
reluciendo como estrellas,
brillando sobre la senda, besando los labios de la vida.
2. Atacó la muerte, hincando su hoz en ellos.
Y frente al rostro de la muerte se plantaron
más hermosos que bosques de palmeras,
más hermosos que cosechas de trigo,
más hermosos que el fulgor de la mañana,
más hermosos que árboles que la lluvia lava en el seno del alba.
Se pusieron en pie_ saltaron... se precipitaron
desplegados por el campo de batalla como gavilla de fuego.
Se incendiaron... alumbraron... brillaron
en medio de la senda, y desaparecieron.
3. ¡Sueño suyo, que en la lejanía brillas
abrazando el futuro venturoso!
En tus manos está que su resurrección llegue.
Y llegará con el gran mañana en ciernes,
ascendiendo desde el fondo de la ruina,
con albricias en el rostro
y una estrella brillando en su amplia frente.
4. Seguirá la tierra amamantando su sueño toda la vida.
No lo apartarán de su ubre ni las movilizaciones del mal,
ni los demonios del aire, de la tierra y del mar.
No lo destetará por duro que el usurpador se vuelva.
No lo destetará aunque la mano de la muerte, empapada en perfidia,
tiña de amarga coliquíntida el copioso pezón de la ubre de la tierra.
5. ¡Mírales allá en la distancia,
abrazados, para perdurar, a la muerte,
ascendiendo a las alturas,
ascendiendo ante los ojos del orbe!
Por las cuerdas de su sangre derramada
van subiendo, subiendo, subiendo...
No se apoderará de sus corazones la traidora muerte,
pues en la senda del sacrificio les acompañan
los sueños del renacer y de la nueva alborada.
¡Mírales en su Intifada: son halcones
que conectan con el cielo la tierra y la patria sagrada!
(Texto árabe en Tuqán, 1993: 540-542).
Fadwa siguió un tiempo viajando y recibiendo premios por su obra y por su lucha, sin perder ese brillo en la mirada que había fascinado a Quasimodo. Durante las últimas décadas ha vivido en su ciudad natal, alterando el recogimiento y las intervenciones publicas, hasta que ha muerto el 12 de diciembre de 2003. Por fin Fadwa descansa en su tierra Palestina, como decía en su más hermoso y esperanzado poema "Me basta con seguir en su regazo":
Me basta con morir encima de ella,
con enterrarme en ella.
Bajo su tierra fértil disolverme, acabar,
y brotar hecha yerba de su suelo.
Hecha flor, con la que acaso juegue
la mano de algún niño crecido en mi país.
Me basta con seguir en el regazo de mi tierra:
polvo, azahar y yerba.
(Trad. de Mz. Montávez-Sobh, 1969: 126).
Aunque Fadwa se ha ido, siguen vivos sus poemas de lucha, en los que pide justicia para su pueblo "ofendido". ¡Ojalá su voz llegue lejos, despertando conciencias, y pueda cumplirse por fin su sueño de ver liberada Palestina!
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.
Mz. Montávez, P. y M. Sobh, 1969: Poetas palestinos de resistencia. Madrid, Casa Hispano-Árabe.
Mz. Montávez, P., 1980: El poema es Filistín. Palestina en la poesía árabe actual. Madrid, Molinos de Agua.
1985: Introducción a la literatura árabe moderna. Madrid, CantArabia.
1994: (Ed.) Tiempo de poesía árabe. Vol. Monográfico de Arrecife, nº 33-34.
1995: Taracea de poemas árabes. Granada, El Legado Andalusí-Fundación Rodríguez Acosta.
Tuqán, F.,1985: Rihla yabaliyya, rihla sacba. [Un viaje montañoso, un viaje difícil]. 2ª ed. Ammán, Dar al-Shuruq li-l-Nashr wa-l-Tawzic
1993: Al-ácmal al-shicriyya al-kámila [Obras poéticas completas]. Beirut, al-Mu'ássasa al-cArabiyya li-l-Dirasat wa-l-Nashr.