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13 de octubre de 2018
Grupo BDS Almería (asociación almeriense de solidaridad con Palestina integrada en la Coordinadora “Andalucía con Palestina”)

El grupo BDS Almería condena los nuevos asesinatos del ejército israelí en la frontera de Gaza..

El 30 de marzo (Día de la Tierra) comenzó la denominada “Marcha del Retorno”, consistente en la concentración en la frontera de la franja de Gaza de familias gazaties para exigir el derecho al retorno a sus hogares tal como estableció la resolución 194 de NN.UU. de 11-12-1948, que en su artículo 11 reconocía el derecho a retornar a sus hogares a todas las personas que tuvieron que huir ante los ataques sionistas y el derecho a obtener compensaciones.
Desde esa fecha, viernes tras viernes la población de Gaza se ha seguido manifestando para llamar la atención al mundo y exigir sus derechos a retornar a sus hogares así como la exigencia de levantar el criminal bloqueo que sufre la Franja.
Desde el 30 de marzo el ejército israelí ha asesinado a más de 200 personas y ha provocado miles de heridos ante la pasividad de la comunidad internacional.
Este pasado viernes, día 12 de octubre, se ha saldado con 6 asesinatos y más de 140 heridos según confirma el Ministerio de Sanidad de la Autoridad Palestina.
Ante esta situación el grupo BDS Almería (Boicot, Desinversión y Sanciones), integrado en la Coordinadora “Andalucía con Palestina”, condena una vez más estos asesinatos, hace un llamamiento a las instituciones locales y andaluzas a condenarlas de manera contundente y se reafirma en que la campaña de Boicot al Estado de Israel es una medida eficaz que debe contribuir a que Israel ponga fin a la ocupación, ponga fin al apartheid sobre la población palestina y permita el regreso a sus hogares de quienes los tuvieron que abandonar.

Viva Palestina Libre
Boicot, Desinversión Y Sanciones,
BDS Almería. 13 de octubre 2018




7 de octubre de 2018
Plataforma andaluza contra las bases y la guerra
[ Texto para ser leído al término de la Marcha a Rota 2018.]

Manifiesto de la Marcha a Rota 2018.

Aquí estamos un año más. Llegamos de nuevo a las puertas de esta fábrica de guerra llamada Base Naval de Rota a traer nuestras pancartas, nuestros deseos y nuestra apuesta de que Andalucía sea de una vez por todas, tierra de paz y de acogida. Venimos a levantar estas alambradas y a derribar estos muros del horror; venimos a proponer un futuro donde toda la inversión económica y humana que sostiene este monumento a la muerte se ponga al servicio del desarrollo y de la paz.
Ha sido un año duro en el que las guerras como la de Siria, Yemen, Sudán del Sur y República Centroafricana, han causado miles de víctimas, y la huida de sus hogares de millones de familias. Las grandes potencias económicas con su ambición, y los grandes beneficios del negocio de las armas generan un desesperado y masivo movimiento de población que huye de los conflictos y cruza el Mediterráneo buscando refugio. Europa, que conoció movimientos migratorios semejantes cuando su propia población huía asustada de la maquinaria de guerra nazi, o España, que conoció fenómenos de semejante magnitud tras el alzamiento fascista de 1936, responden a este llamado de auxilio con políticas abiertamente xenófobas o con acuerdos y protocolos supuestamente humanitarios que nunca llegan a plasmarse. El resultado son muertes en el mar, devoluciones o confinamientos que conculcan los derechos humanos, muros más altos, alambradas más sólidas y fronteras más tupidas y militarizadas. Desde el África subsahariana, generaciones y generaciones de hombres y mujeres jóvenes, el capital humano que debía desarrollar la sociedad en países como Gambia, Senegal, Mali, etc.., cruza el continente alentados por la imperiosa necesidad de construir un futuro para los suyos tras la esquilmación sistemática que las grandes multinacionales están haciendo con sus países y sus riquezas nacionales.

En definitiva, Europa, socia interesada en la ocultación y la sangría de todo un continente, se beneficia en sus conflictos y empobrecimiento pero niega el derecho de asilo a las poblaciones afectadas por el conflicto. Los voceros europeos - políticos, sociólogos, periodistas,…- dibujan, anuncian “invasiones” y dan alimento al surgimiento de un nuevo fascismo populista y xenófobo cuyas ideas anidan en los gobiernos del viejo continente. Ha sido también un año duro para la dignidad de Andalucía. La dignidad perseguida y pisoteada. Un año en que se nos quiere obligar a elegir entre el hambre, el paro o la complicidad con el crimen. Se nos quiere convencer de que la única posibilidad para nuestra industria naval es ser, como esta base de Rota, una pieza más de la estrategia terrorista de los más poderosos, alinearse de lado de las monarquías autocráticas que masacran países como Yemen, construir sus barcos de guerra igual que otros obreros de otras partes del Estado construyen sus bombas. Un negocio suculento y criminal que beneficia a un puñado de familias herederas de monarquías medievales con el apoyo y amistad de la monarquía española. ¿Dónde quedó la dignidad de aquel movimiento obrero que en Septiembre del 77 se manifestaba en Cádiz para negarse a reparar el buque Escuela Esmeralda, centro de tortura de la dictadura de Pinochet? ¿Qué queda en nosotras y nosotros del ejemplo de aquellos obreros alemanes y portugueses que boicoteaban la fabricación de las armas que los fascistas les compraban para masacrar a quienes defendían la República? Hay que reivindicar la dignidad rebelde de la reciente “asamblea de los tornos” que convocó la huelga general del Metal gaditano en defensa de cargas de trabajo sostenible y contra la precariedad laboral. La industria de la guerra es también oscura contra sus propios trabajadores y trabajadoras, deteriorando las condiciones de trabajo hasta hacerlas peligrosas para sus vidas.

Nos quieren hacer creer que sólo hay un camino para la prosperidad en nuestra tierra y que este pasa por fabricar concertinas, alambradas, patrulleras, aviones, fusiles, bombas... Y se hostiga, a veces desde posiciones supuestamente de izquierdas, a las voces discordantes con el discurso del posibilismo. Voces valientes desde el movimiento sindical más alternativo, colectivos sociales, ecologistas o antirracistas, voces como la nuestra que creen que otro futuro es posible para la industria naval y para el resto la industria de la Bahía ligándola a sectores como las energías limpias y alternativas, la “deconstrucción naval” reconvirtiendo buques obsoletos en transportes sostenibles… En ese sentido, la Plataforma que organiza esta marcha se ha dirigido a la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, para instarle a que no nos mienta, y deje de obligar a nuestra gente a elegir entre el paro o el crimen, entre el hambre o las bombas, para que oiga las propuestas avanzadas que exigen empleo para la Bahía pero un empleo digno y sostenible que no condene a Andalucía a ser señalada como verdugo de otros pueblos.

Esta base militar, cerca de la cual se ahogaron hace ahora quince años más de treinta y cinco personas sin que se percatara ninguno de sus radares, ni se moviera ni uno solo de sus barcos, sin que ninguno de sus focos iluminara el cementerio en que se convirtió esa noche la mar, esta base no es neutral. “Esos de ahí enfrente, matan a la gente”, gritábamos hace años cuando desde otras ediciones de estas marchas, veíamos salir los aviones hacia Irak, hacia Libia… Hoy siguen saliendo y matando en Siria, por ejemplo. Siguen saliendo en misiones de apoyo a gobiernos como el de Israel que bloquea y condena a morir de hambre al rebelde pueblo palestino en Gaza. Ni uno solo de los esfuerzos de esta base está dirigido, por ejemplo, a evitar las muertes en el Mediterráneo. Ni uno solo de sus barcos patrulla esta bahía para librar de la muerte a tanta mujer, tanto hombre, tanta criatura como se la juega en sus aguas. Eso queda para el esfuerzo valiente de algunas ONGs que son sistemáticamente obstaculizadas y perseguidas por su generosa labor. Una base que no solo no cuida de la población sino que con su propia existencia pone en peligro la seguridad de las poblaciones de la provincia al situarnos en el ojo del huracán. El pasado junio cayó el mayor dron espía de EEUU en Rota y no informaron de ello. ¿Cómo podrá protegernos de mayores ataques quien no puede ni siquiera controlar la caída de sus propios drones? Es de risa si no causara tanto horror ¿Qué hubiera pasado si en vez de un dron hubiera sido un proyectil de otro calibre más mortífero? Sabemos de las continuas escalas de submarinos nucleares en sus muelles como el que llegó hace pocas fechas. ¿Quién controla el motivo de esa escalas y el riesgo para la población que suponen?

Y todo a cambio de un empleo cada vez más precarizado, con una plantilla cada vez más reducida que tiene que pelear constantemente porque el capital americano no entiende de derechos de las personas que trabajan para él.

Construir una sociedad para la paz no es sólo negarse a manufacturar y vender bombas y armas, no solo atañe a las trabajadoras y los trabajadores de la industria naval; también es cómplice quien en las escuelas asiente con los nuevos planes de educación militar y para la guerra, quién no se moviliza contra la xenofobia y la esquilmación terrorista que el Norte hace del sur, quien financia de manera sumisa con sus impuestos las políticas armamentísticas o quién con su voto concede mayorías a los partidos que apoyan el orden hegemónico de las potencias mundiales.

Por eso hemos vuelto hoy a las puertas de esta base militar de Rota para reclamar el derecho de las andaluzas y los andaluces a vivir en paz, a construir una Andalucía que sea tierra de acogida de las personas que hoy necesitan de nuestra solidaridad, una Andalucía sin alambradas, sin racismo y sin bases militares; una Andalucía con empleo de calidad, con una industria que construya futuro y una clase trabajadora que no se vea forzada a mitigar su justa hambre de pan, techo y dignidad a base de masacrar a otros pueblos hermanos.

¡Andalucía, tierra de paz y acogida! OTAN NO, Bases fuera




14 de septiembre de 2018
Plataforma de Sevilla contra la guerra
[ Comunicado sobre la venta de armas y corbetas de guerra al régimen saudí.]

La falsa disyuntiva entre desempleo y venta de armas.

La decisión del gobierno de continuar con la venta de armas a Arabia saudí no sólo es inmoral sino que constituye en sí misma un crimen. Está fuera de toda duda que el régimen cuasi medieval, corrupto y sanguinario de Arabia Saudí utiliza las armas que les vendemos (no sólo el Reino de España sino también USA, Reino Unido o Francia) para masacrar niños, bombardear mercados, centros médicos y hasta celebraciones de bodas y funerales en esa guerra casi silenciada de Yemen.

La vigente legalidad española señala expresamente la prohibición de autorizar las exportaciones "cuando existan indicios racionales" de que las armas puedan "ser empleadas en acciones que perturben la paz, la estabilidad o la seguridad en un ámbito mundial o regional, puedan exacerbar tensiones o conflictos latentes, puedan ser utilizadas de manera contraria al respeto debido y la dignidad inherente al ser humano, con fines de represión interna o en situaciones de violación de derechos humanos o tengan como destino países con evidencia de desvíos de materiales transferidos". La ley es bien clara: el gobierno tiene la obligación legal de prohibir la exportación de cualquier tipo de armamento a países como Arabia Saudí. A pesar de ello, el gobierno que presidía Rajoy, despreciando la ley, autorizó el año pasado ventas por valor de unos 300 millones de euros. Y en la actualidad se siguen vendiendo y fabricando para el país saudita.

La dependencia de nuestra política exterior del intervencionismo militar de la Otan en África y Oriente Próximo, y la presencia de bases extranjeras en Andalucía fuerzan la connivencia del gobierno andaluz y de la mayoría de las fuerzas políticas andaluzas con esta «cultura» mortífera de venta de armas y de militarización creciente de Andalucía.

El que miles de trabajadores se crean en la encrucijada de tener que elegir entre aceptar ser fabricantes de muerte, cerrando los ojos al uso criminal de lo que producen, o verse abocados al desempleo con todo lo que ello supone en un país, como Andalucía, y una provincia, la de Cádiz, con altísimas tasas de paro, es una realidad dramática que no debería ser excusa para demagogias, oportunismos y simplificaciones.

No se trata de condenar, sin más, a esos trabajadores --abocados a una elección diabólica-- pero tampoco, o menos aún, de defender que los puestos de trabajo puedan justificar cualquier cosa incluso la violación de los más elementales derechos humanos, empezando por el derecho a la vida.

Fue la Unión Europea y los sucesivos gobiernos de nuestro país, y no los trabajadores, quienes organizaron la llamada "reconversión naval", cerraron la inmensa mayoría de los astilleros civiles y les han abocado finalmente a esta elección diabólica como si fuera inevitable y ajena a la voluntad política de los gobernantes.

Desde una perspectiva legal, el que esa prohibición (que es obligatoria) ponga en riesgo puestos de trabajo en la industria militar (en la industria de la muerte) no afecta a su obligatoriedad. Ahora bien, como el cumplimiento de la ley afectaría, a nivel inmediato, a miles de familias de la Bahía de Cádiz y de otros lugares del estado (Ferrol, Cartagena...), las Administraciones públicas (el gobierno y la Junta de Andalucía, en nuestro caso) están obligadas, política y moralmente, a garantizar que las posibles consecuencias de su cumplimiento no afecten negativamente a su situación económica y social. Cómo lograr esto, qué medidas tomar a corto y medio plazo (dentro del proceso, tan cacareado como vacío de contenidos hasta ahora, del "cambio del modelo productivo") es lo que tendrían que estar planteando y debatiendo "nuestros" políticos, y exigiéndolo los sindicatos, en lugar de dedicarse irresponsablemente a echar leña al fuego y a hacer demagogia barata para aprovecharse electoralmente de la angustia de tantos trabajadores.

¿No sería el momento, ahora que se están negociado los Presupuestos para el 2019, de estudiar medidas que aseguren las cargas de trabajo que reclaman los trabajadores de Puerto Real?

Difícilmente estaríamos en esta situación, ni tantos miles de andaluces se verían abocados hoy a ese (falso) dilema, si Andalucía no sufriera de dependencia económica, subalternidad política y alienación cultural. Si tantos andaluces no hubieran sido convencidos, anestesiando sus mentes, de que no hay alternativas a lo que existe y que cualquier cambio sería a peor (que es el mensaje implícito en toda la propaganda del régimen que padecemos). Claro que hay soluciones para romper el (falso) dilema: desde una reconversión y pluralización productiva a medio plazo a la implantación a corto de una Renta Básica Universal e Incondicional que no haga depender al cien por cien la supervivencia a tener un empleo (cualquier empleo, sin poder analizar sus condiciones, contenido y consecuencias).

Los medios de comunicación asimilados por el sistema escamotean, por ejemplo, a la opinión pública la existencia de alternativas económicas como la que preconiza el Plan Estatal Marco de Residuos (PEMAR) al recomendar una oportunidad real de hacerse con un mercado casi virgen: el reciclado ecológico de buques (deconstrucción naval), evitando achatarramientos infames como ha perpetrado Turquía con el portaaviones Príncipe de Asturias. Este desguace sin las debidas condiciones se ha adjudicado en 2,4 millones de €, una cantidad que hubiera venido muy bien a las depauperadas arcas de Navantia. Y en el caso de la energía eólica off shore, entraríamos a formar parte de la cadena de valor de esta energía limpia: construcción, equipamiento, instalación, mantenimiento, suministro, reparación… de aerogeneradores en el mar, una oportunidad desaprovechada en Navantia, que sólo se limita a la construcción de subestaciones y estructuras de soporte a los parques eólicos marinos.

Es este un tema que ningún andaluz partidario de la paz puede soslayar, estén cerca o lejos las convocatorias electorales. Analizar cómo hemos llegado a esta aparentemente insoluble contradicción entre ética y derechos humanos, por una parte, y necesidad de supervivencia, por otra, es algo imprescindible si no queremos seguir caminando hacia un futuro terrorífico en el que desaparecerían, incluso, los mejores valores culturales de nuestra propia cultura y hasta podríamos desaparecer como pueblo, disueltos en la alienación más total. Y tras analizar, debemos actuar necesariamente si queremos decidir qué queremos ser en el futuro, si un país soberano o un pais intervenido, si un territorio plagado de bases militares extranjeras o una nación dueña de su destino y preocupada por su propia población, si defensora de la paz o instrumento de guerras ajenas y lejanas.
Porque estos y no otros son los verdaderos dilemas a los que tenemos que responder.

Andalucía por la Paz

Plataforma de Sevilla contra la guerra
14 de septiembre de 2018




14 de septiembre de 2018

La primera imagen de Gaza.

por Teresa Aranguren | eldiario.es | 6 de septiembre de 2018
fuente: https://www.eldiario.es/unrwa/primera-imagen-Gaza_6_811278868.html

Mi primera imagen de Gaza es la de una fila de niñas y niños de unos cinco o seis años, cogidos de la mano, ellas luciendo trenzas y coletas con lazos blancos que parecían mariposas prendidas en el pelo y todos con sus babys impolutos, como recién lavados. Al frente de la fila a modo de guía del grupo iba una niña algo mayor que el resto aunque no debía tener más de doce años. Al cruzarse con la forastera que era yo, me dedicaron un “welcome” coral entre profusión de risas y agitar de manitas a modo de saludo. Era la hora de entrada a la escuela. La escuela de la UNRWA.

Aquella primera visita a Gaza fue a finales de los 90, durante el primer gobierno de Benjamin Netanyahu. Había cierre de territorios lo que significaba que no se podía entrar ni salir de la Franja, a no ser que contases con autorización de las autoridades militares israelíes, como era mi caso. Y que no fueses palestino, claro.

Recuerdo la fila de camiones varados en el paso de Erezt con su carga de frutas, hortalizas y flores pudriéndose al sol. En esa época los cierres de territorio tanto en Cisjordania como en Gaza eran constantes, los asentamientos crecían hasta el punto de duplicar el número de colonos en torno a Jerusalén y en toda Cisjordania y el Primer Ministro israelí proclamaba a los cuatro vientos que los Acuerdos de Oslo eran papel mojado.

Gaza dejará de ser habitable para el año 2020, advierte un informe de Naciones Unidas de 2015. O lo sería si no fuera porque sus gentes, especialmente sus mujeres, consiguen que siga siendo habitable. Todos los días, los niños de Gaza, y en Gaza hay muchos, muchísimos niños, siguen yendo cogidos de la mano a la escuela de la UNRWA, aunque quizás los babys ya no estén tan impolutos y los lazos –mariposa en la cabellera de las niñas– no sean tan blancos, la escuela sigue siendo el lugar al que ningún niño de Gaza quiere faltar, ir a la escuela es el único signo de normalidad que la vida ofrece en el campo de refugiados. Y de esperanza. Y de futuro.

La mayor parte de la población de Gaza, más del 75%, son refugiados del 48, aquellos que fueron expulsados de sus tierras en las operaciones de “limpieza étnica” llevadas a cabo en los meses previos y posteriores a la creación del Estado de Israel. Y sus descendientes. En diciembre de 1949 la ONU aprobó la resolución 194 que establece el derecho de todos los refugiados palestinos a regresar a sus hogares y a ser indemnizados por las propiedades destruidas o requisadas por el recién creado estado de Israel.

Poco después se creó la UNRWA, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos, con la misión de atender a las necesidades del cerca de un millón de personas –las registradas en junio de 1949 eran ya 990.000– que se habían visto expulsadas de sus casas y de sus vidas y de la noche a la mañana se habían convertido en refugiados. Iba a ser una misión temporal. Hasta tanto puedan regresar a sus hogares. Pero nunca se les permitió el regreso. “Los abuelos morirán, los hijos se resignarán y los nietos habrán olvidado” esa era la idea que muchos dirigentes sionistas manejaban entonces. La cuestión de los refugiados se disolvería con el tiempo.

Setenta años después nadie ha olvidado. El número de refugiados palestinos alcanza los cinco millones repartidos en campamentos que con el tiempo pasaron a ser barrios en Gaza, Cisjordania, Jordania, Líbano y Siria. La causa de los refugiados es el corazón de la causa palestina.

Pero Donald Trump, su querido e influyente yerno Jared Koushner y por supuesto Benjamín Netanyahu, están decididos a acabar con el problema de los refugiados por el sencillo sistema de decretar que los refugiados dejen de existir. Algo parecido a aquello de “para acabar con los incendios forestales lo mejor es talar los árboles”, frase que maliciosamente se atribuye a George W. Bush. Lo que el presidente Trump y su “yernísimo” Jared pretenden es cambiar la definición de refugiado palestino para que se aplique solo a quienes fueron expulsados de su tierra y no a sus descendientes, es decir solo a quienes ya han muerto o morirán pronto. Una vía rápida para acabar con la causa palestina.

La UNRWA es un importante obstáculo para ese propósito, de ahí el brutal recorte, de 360 millones a 60 millones, en la contribución de Estados Unidos a la financiación de la agencia. Acabar con la UNRWA es el primer paso para acabar con los refugiados de Palestina. O quizás más exactamente para llevarlos a la desesperación más extrema. ¿Se quiere eso? ¿Se consentirá eso? ¿Nadie en Europa será capaz de poner freno a una política tan criminal como suicida?

Esta semana las escuelas de la UNRWA han vuelto a abrir sus puertas en los campos de refugiados de Gaza, de Belén, de Ramalla, de Nablus, de Amman, de Beirut… Pese al esfuerzo casi heroico del personal de la agencia, no hay garantía de que todas puedan seguir abiertas para el siguiente trimestre. “La educación es lo único que no nos pueden quitar”, me dijo hace años un refugiado palestino en Líbano, había perdido su casa y su aldea cerca de Haifa, siendo un niño, en 1948, se había criado en el campamento de Ain –el Helwe cerca de Sidón–, había ido a la escuela de la UNRWA, y en 1982 perdió por segunda vez la casa en un bombardeo israelí. Cuando le conocí era maestro y escritor. “Podrán destruir por tercera vez mi casa pero no lo que llevo aquí dentro”, dijo señalándose la frente.
Entre los refugiados palestinos no hay niños sin escolarizar. Ese es un logro de la UNRWA y de las familias palestinas. Y está en peligro.



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