Solidaridad con el pueblo palestino |
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![]() Cisjordania, 4 marzo de 2004. Las excavadoras preparan el terreno para el muro en construcción a su paso por el poblado de Deir Qidees, cerca de Ramallah. Abed Omar Qusini/Reuters |
¿QUÉ PAPEL JUEGA ISRAEL EN ESTA GUERRA? por Clara Mª Thomas de Antonio 15 de Junio de 2004 |
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De "PRINCIPALES
INTERROGANTES SOBRE LA CRISIS DE IRAQ" Entre las causas de la crisis de Iraq hay un tema que sigue muy silenciado: el papel de Israel en el conflicto. Causa indignación que EE.UU. y Gran Bretaña argumenten que hay que atacar a Iraq porque ha incumplido las resoluciones de la ONU desde la Guerra del Golfo de 1991, pero silencien que el Estado de Israel las ha incumplido sistemáticamente desde su creación en 1948. Pero esto no aparece en los medios, ni en los argumentos de los políticos, salvo en contadísimas ocasiones. ¿Por qué la comunidad internacional aplica ese doble rasero en sus decisiones? ¿Qué intereses se ocultan tras ese silencio? Hemos observado cómo, en las manifestaciones que se producen en Iraq contra la guerra, se queman banderas de EE.UU. y de Israel. Por otro lado, el titular de portada del ABC del pasado 7 de febrero de 2003 dice: "EE.UU. montará misiles Patriot en Jordania para defender a Israel de los ataques iraquíes". ¿Es que Israel tiene algo que ver con la actual crisis? Una primera pista la da Edward Said (2002: 4) cuando afirma que la política de EE.UU. para Oriente Medio, apoyada por Gran Bretaña, se asienta en dos pilares centrales: el control de las abundantes reservas de petróleo de la región y la seguridad de Israel. ¿Por qué EE.UU. tiene tanto interés en defender al Estado de Israel? ¿Y qué pinta Gran Bretaña en esta historia? El eje Bush-Blair-Sharón no surge en la actualidad como resultado de la condenable política del régimen iraquí, sino que forma parte de un largo proceso -al que ha aludido Mz. Montávez- en el que ahora convergen dos proyectos: el proyecto neocolonial de EE.UU. para la reorganización geoestratégica de la región y el proyecto sionista para Palestina, es decir, el proyecto del Gran Israel que se inició hace muchas décadas y se plasmó en su bandera con las dos franjas azules que simbolizan el Eúfrates y el Nilo. Del proyecto sionista apenas se habla, aunque se conozca la conflictividad que existe en lo que hoy llaman Israel, pues ya han borrado de los mapas el nombre de Palestina. Se conoce lo que ocurre en la actualidad, pero -de nuevo como ha señalado Mz. Montávez- parece que el conflicto nace hoy. No se analizan las raíces. Por eso nos vamos a centrar en este aspecto tan silenciado de la crisis de Iraq. Como hay muchos datos sobre el tema, y en especial sobre la evolución del proyecto sionista y la protección que le han ofrecido EE.UU. y Gran Bretaña, nos vamos a limitar a ofrecer los hitos más importantes del proceso, partiendo de la historia de Palestina, de Israel y del mundo árabe moderno. Suele pensarse que un arabista siempre es parcial al enfrentarse al tema de Israel. Por tanto, apenas usaremos argumentos aducidos por estudiosos árabes, como Edward Said, ensayista palestino, profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York y Premio Príncipe de Asturias a la Concordia en 2002. Preferimos recurrir a los llamados "nuevos historiadores" israelíes -como Ilan Pappé, profesor de Historia de la Universidad de Haifa sobre el que pesa la amenaza de despido- que están espigando en los archivos secretos israelíes para sacar a la luz lo que se nos ha ocultado durante este larguísimo proceso, en su intento por reconstruir la verdadera historia del Estado de Israel. También recurriremos a algún periodista israelí -como Ury Avnery, fundador de la asociación pacifista "Gush Salom" y autor de Doce mentiras convencionales sobre el conflicto palestino-israelí- o a los argumentos de algunas organizaciones de judíos americanos -como "Judíos por la Justicia"- que rechazan que los dirigentes de Israel aniquilen a los palestinos en su nombre, diciendo algo que se ha convertido en un lema en manifestaciones contra la guerra de Iraq: "no en nuestro nombre" (not in our name). |
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La creación del Estado de Israel en 1948 no fue sólo fruto ocasional de la mala conciencia de Occidente ante el espantoso Holocausto nazi que se produjo durante la 2ª Guerra Mundial, sino que formaba parte, desde 1882, del proyecto sionista de crear un estado judío en Palestina. En 1882 Leon Pinsker reivindicaba una patria para los judíos en Autoemancipación. En 1896 Theodor Herlz publicó en Viena El Estado Judío, en que proponía la vuelta a Sión y la creación del "movimiento sionista", y declaró su intención de hacer desaparecer discretamente a la población árabe pobre, negándole el trabajo en Palestina y buscándoselo fuera de sus fronteras. Y más tarde el barón Edmond de Rothschild, banquero judío francés, apoyó el establecimiento judío en Palestina financiando la colonización. Para llevar a cabo estos planes era necesario "desarabizar Palestina y judaizarla" (Pappé, 2002: 2). Leyendo los diarios de los fundadores del Sionismo, se comprueba que éstos eran conscientes de que sus aspiraciones a un Estado Judío chocaban con "la existencia de una población indígena que había estado viviendo en Palestina durante miles de años", y que "conocían la presencia de una sociedad y una cultura locales incluso antes de que los primeros colonos [judíos] llegasen a Palestina" (Pappé, 2002: 2). Para cambiar esa realidad, los sionistas inventaron un falso slogan que fueron propagando hábilmente: que Palestina era "una tierra sin hombres para unos hombres sin tierra". Se hizo creer a muchos judíos que en Palestina no había gente o que sobraban tierras para cultivar y se les ofrecía una magnífica oportunidad para volver a Sión. Y para hacer realidad ese falso slogan se sirvieron principalmente de dos métodos: la "expulsión" o la desposesión de sus tierras de la población indígena, y el "asentamiento"o su repoblación con colonos judíos (Pappé, 2002: 2). Y ésta es la política que, como todos hemos podido comprobar, han ido practicando de forma sistemática desde entonces hasta la actualidad. Los fundadores del sionismo eran conscientes de que el proceso de asentamiento sería largo, porque su movimiento no había alcanzado legitimidad regional ni internacional, por lo que tendrían que aprovechar las "coyunturas históricas" que lo favorecieran. David Ben Gurión, líder de la comunidad judía en los años 30 del s. XX y futuro Presidente de Israel, ha aludido en muchas ocasiones a que, para imponer su proyecto en Palestina, eran necesarias unas "condiciones revolucionarias", en referencia a ciertas coyunturas que lo favorecieran, como una guerra y los posibles cambios de gobierno que pudieran producirse (Pappé, 2002: 2), como ocurre ahora con la crisis de Iraq. En espera de esas coyunturas, fueron preparando el terreno. Fundaron el Banco Judío para financiar la empresa y fueron comprando tierras en Palestina para los primeros kibbutzs o "asentamientos" de colonos judíos, dejando sin trabajo a los jornaleros árabes. Los dirigentes sionistas sabían que no había tierra buena disponible, por lo que la colonización judía significaba el desposeimiento de los árabes. Además, las tierras compradas se ponían a nombre del Fondo Nacional Judío, para mantenerlas como propiedad inalienable del pueblo judío. Tampoco descuidaron los aspectos políticos, frecuentando las cancillerías europeas y americanas para recabar apoyos. Aunque al principio el movimiento sionista era débil[1], fue creando poco a poco poderosas organizaciones -como la Sociedad Judía o la Compañía Judía- y sociedades sionistas o pro-sionistas por todo el mundo, en especial en Gran Bretaña y en EE.UU. La "primera coyuntura" favorable para el proyecto sionista se presentó con la 1ª Guerra Mundial. Durante la guerra, Gran Bretaña hizo promesas a los árabes -"Correspondencia Husayn-McMahon"- de crear un reino árabe unido tras la guerra a cambio de su apoyo contra los turcos, mientras firmaba en secreto el acuerdo "Sykes-Picot" con Francia y Rusia para repartirse los restos del Imperio Otomano. Además en 1917, el banquero judío Lord Balfour[2] comunicó en una carta secreta al barón Lionel Walter de Rothschild, judío sionista, la decisión de su gobierno de crear un "Hogar Nacional Judío" en Palestina, en el que se respetarían los derechos de la población no-judía. Esta "Declaración Balfour"[3], pronto aprobada por Francia, Italia y EE.UU., fue el primer paso para hacer realidad el proyecto sionista. Al acabar la guerra, Gran Bretaña dio un nuevo paso al lograr que la Sociedad de Naciones le asignara el Mandato[4] sobre Palestina e Iraq. Desde 1915, algunos medios británicos ya habían aconsejado crear en Palestina un estado "tapón" judío bajo protección británica. Por otro lado, en junio de 1916 un informe de Sykes destacaba el interés del petróleo de los países árabes. Dos curiosas coincidencias con la crisis actual. Una vez
adjudicado el Mandato en 1920, Gran Bretaña siguió apoyando la política
sionista, nombrando Alto Comisario para Palestina al judío Herbert Samuel,
fijando amplias cuotas para la inmigración judía o destituyendo al alcalde de
Jerusalén por oponerse a su política. En 1929 se creó la Agencia Judía para
financiar la instalación de colonos, y los británicos reprimieron con energía
la rebelión árabe de al-Buraq que se produjo como reacción. En 1930, la
Comisión Shaw concluía su informe sobre los disturbios de 1929 diciendo:
"los árabes han llegado a considerar la inmigración judía no sólo como
una amenaza para sus medios de existencia inmediatos, sino como una dominación
potencial en el futuro"; y la Comisión Hope-Simpson reconocía que ya no
había tierras para los colonos judíos y que la inmigración creaba desempleo
árabe. De 1936 a 1939 los británicos reprimieron la gran revuelta árabe y
usaron campos de detención, dinamitaron las casas de los sospechosos,
deportaron a los líderes y disolvieron las organizaciones palestinas, hechos
que recuerdan a las actuales prácticas del gobierno de Ariel Sharón. En 1938
Gandhi escribió un artículo en el que afirmaba que Palestina pertenecía a los
árabes y que era injustificable que los judíos entraran allí "protegidos
por los fusiles británicos" (JJ: 8). Por otro lado, Ben Gurión, cuyas
aspiraciones no se limitaban a Palestina sino al Gran Israel de las fronteras bíblicas,
reconocería la lógica de la insurrección árabe: "políticamente, somos
los agresores, y ellos se defienden (...). El país es suyo, porque ellos lo
habitan, mientras que nosotros queremos venir aquí a implantarnos" (JJ: 7,
15).
Tuqán, avizorando la futura Partición, denuncia en otro poema el sarcasmo de cuantos participaban en el expolio de Palestina, y la ineficacia de los dirigentes árabes para impedirlo:
La "segunda coyuntura" favorable llegó con la 20 Guerra Mundial y el terrible Holocausto nazi que aniquiló a varios millones de judíos ante la pasividad de la comunidad internacional. Los sionistas acusaron al mundo por su indiferencia y exigieron compensaciones materiales, políticas y morales[5]. Pero, a la vez, el Holocausto les brindó una ocasión única para comenzar a hacer realidad su proyecto. Y sacarán ventajas políticas de él explotando el victimismo hasta la actualidad, como ha denunciado la organización "Judíos por la Justicia". Israel lo explotó para financiarse, consiguiendo ayudas de muchos países y exigiendo compensaciones de guerra a Alemania. También lo va a explotar en las siguientes décadas, manteniendo la mala conciencia occidental a través de los medios de comunicación o la industria cinematográfica -donde abunda el capital judío- para poner de relieve la violencia palestina o para recordar el Holocausto en películas que en estos momentos se están proyectando de forma masiva en las televisiones de todo el mundo. Tras el Holocausto se produjo una llegada masiva a Palestina de judíos supervivientes, lo que suponía el desplazamiento de la población árabe. Ante la reacción de los palestinos, Gran Bretaña se vio forzada a frenar esa inmigración -como se evidencia, por ejemplo, en el incidente del barco Exodus en julio del 47, reflejado en la película del mismo nombre-. Esto provocó los primeros enfrentamientos de los judíos contra los británicos, seguidos de una campaña de atentados del Stern y el Irgún -liderado por Beguín- que culminó en 1946 con la voladura del Hotel Rey David, sede del cuartel general británico. Mientras tanto, los dirigentes sionistas lograron que el Presidente Truman y el gobierno Británico aceptaran su idea de crear el Estado de Israel. En 1937, Gran Bretaña ya había propuesto un primer Plan de Partición, recomendando crear un Estado Judío, sin población árabe, y otro Estado Árabe que se fusionaría con Jordania, plan muy similar a los actuales proyectos anglo-americanos para Oriente Medio (cfr. CSCA, 2002) tras el ataque contra Iraq. Por todo ello, Gran Bretaña decidió en 1947 trasladar el problema a la recién creada ONU, que aprobó la Partición de Palestina (29-11-1947) por la Resolución 181, que contó con 33 votos a favor, 13 en contra (países árabes, Afganistán, India, Pakistán, Turquía, Cuba y Grecia), y 10 abstenciones (Argentina, Colombia, Chile, El Salvador, Etiopía, Honduras, México, Yugoslavia y Gran Bretaña) Aunque la población judía era sólo 1/3 del total, el Estado Judío recibía el 55% de la tierra, en la que el 48% era población árabe. Lógicamente, los árabes rechazaron la partición, y los judíos la aceptaron, pero no de forma unánime: Beguín consideraba ilegal la partición de la "patria" y declaró que Eretz Israel sería devuelta al pueblo de Israel, toda y para siempre; y Ben Gurión declaró en 1948 que la aboliría, aunque vio en la Partición la oportunidad ideal para ensanchar las fronteras asignadas por la ONU (JJ: 9). Pero la creación del Estado de Israel no fue sólo fruto de la compasión hacia los judíos supervivientes y de la mala conciencia occidental, sino un primer paso de EE.UU. para instalar en Oriente Medio un estado "amigo" que le permitiera contrarrestar el poder de la URSS en la zona. Gran Bretaña había cumplido su promesa de crear un "Hogar Judío" en Palestina, pero era necesario que se retirara para que surgiera el Estado Judío. Y éste se creó con la ayuda americana, ya que la 2ª Guerra Mundial había acabado con la hegemonía de Francia y Gran Bretaña, que ahora pasaba a EE.UU. y la URSS. La importancia de la comunidad judía americana[6] fue decisiva para que EE.UU. fuera el primer país en reconocer al Estado de Israel (15-5-1948), como lo confirman las palabras de Truman: "Lo siento, señores, pero tengo que satisfacer a cientos de miles que están ansiosos de ver el éxito del sionismo. No tengo cientos de miles de árabes entre mis electores" (JJ: 8-9). Además EE.UU. fue el partidario más agresivo de la Partición y demoró la votación de la Asamblea General hasta convencer -se habló de "intimidación diplomática" (JJ: 8) a ciertas repúblicas de Latinoamérica, que no podían arriesgarse a sus represalias- para que la votaran o al menos se abstuvieran, como ha intentado en esta crisis de Iraq. La creación del Estado de Israel - proclamado por Ben Gurión el 14 de mayo de 1948, nada más finalizar el Mandato británico- y los acontecimientos posteriores representan para los árabes y los palestinos la Nakba, la "catástrofe", pues la comunidad internacional les hizo pagar a ellos los crímenes cometidos por los nazis, arrebatándoles gran parte de sus tierras y dando inicio a su largo drama. Aunque la Resolución 181 obligaba a salvaguardar los derechos de los palestinos, la decisión de la ONU pudo ser legal, pero nunca lícita ni ética. Como dice "Judíos por la Justicia" (pp. 20-21), la decisión fue "una respuesta emocional de culpabilidad a los horrores del Holocausto", y de no haber sido por ello, "hubieran prevalecido las incontestables reivindicaciones de la mayoría árabe". "No se soluciona un error cometiendo otro". A partir de la creación del Estado de Israel, se sucedieron varias guerras en Palestina. Antes incluso de que comenzara la Guerra de 1948-49 -que los israelíes llaman la "Guerra de Liberación"- los judíos desataron una campaña de terror -recuérdese la masacre de Dayr Yasín (9-4-1948)- para forzar el éxodo de la población árabe, no sólo de la tierra asignada al Estado Judío, sino de la adjudicada al Estado Árabe por la ONU. Israel ha presentado siempre esta guerra como defensiva, diciendo que los ejércitos árabes -que no entraron en Palestina hasta el 16 de mayo del 48- querían "echar a los judíos al mar"; pero fue una guerra ofensiva, iniciada aún con la presencia británica para ampliar los límites fijados en la Resolución 181, como reconocerá Beguín más tarde: "Fuimos los primeros en pasar de la defensiva a la ofensiva (...). Los árabes comenzaron a huir aterrorizados" (JJ: 10). También hay que señalar que la actual actitud de Jordania en la crisis de Iraq recuerda a la mantenida en 1948-49, cuando el rey Abdallah[7] "prometió a israelíes y británicos que la Legión Árabe, la única fuerza de combate de los ejércitos árabes, evitarían el combate con los asentamientos judíos" (JJ: 11), por lo que la parte asignada al estado judío por la ONU no fue puesta en peligro por los ejércitos árabes. Al final de la guerra del 48-49, un millón de palestinos había huido de sus tierras, y los judíos habían ocupado y confiscado ilegalmente gran parte del territorio asignado al Estado Árabe por el Plan de Partición. Israel emitió leyes para confiscar las tierras abandonadas por los palestinos[8], y varias resoluciones de las ONU -en especial, la Resolución 194- exigieron al Estado de Israel, entre otras cosas, que devolviera sus tierras a los palestinos y les permitiera el retorno, pero Israel las incumplió, comenzando así su larga lista de conculcaciones de la legalidad internacional[9]. Israel había realizado, en cuanto había podido, una importante "limpieza étnica" con los palestinos. Ya en 1940 el director del Fondo Nacional Agrario judío, Joseph Weitz, abogaba por ella diciendo: "no debemos dejar una sola aldea, ni una sola tribu" (JJ: 11), porque sabía que no había sitio para dos pueblos en Palestina. Durante la guerra del 48, Ben Gurión aludía a dicha "limpieza étnica" con un eufemismo: "Apoyo el 'traslado coercitivo'. No veo nada inmoral en él" (JJ: 11-12), porque no quería pasar a la historia como el "gran expulsador" y confiaba en que sus generales "comprendieran" lo que tenían que hacer. Sobre la campaña judía de terror, dice el historiador israelí Uri Milstein: "cada campaña terminaba en una masacre de árabes"; y, según el ex-director de archivos del ejército israelí, "se cometieron actos que son definidos como crímenes de guerra, masacres y violaciones en casi cada aldea que ocupamos" (JJ: 10). Entre las 350 aldeas árabes atacadas, destaca la masacre de Dayr Yasín (9-4-1948), en que el Stern y el Irgún mataron a 254 palestinos, en su mayoría ancianos, mujeres y niños; por ello, el 16 de mayo del 48 -dos días después de proclamarse el Estado de Israel- habían huido ya 200.000 palestinos, y en diciembre había un millón de refugiados palestinos, aunque Israel mantendrá durante mucho tiempo que éstos abandonaron sus hogares voluntariamente. Y, tras esta guerra, seguirán atacando aldeas palestinas dentro y fuera de su territorio. Ilan Pappé (2002: 3) explica que esta "limpieza étnica" que se produjo en 1948 no necesitaba de órdenes escritas de los mandos militares israelíes pues, gracias al servicio de educación y adoctrinamiento ideológico -apoyado en unos eficaces servicios de inteligencia-, cada miembro de la comunidad judía sabía qué debía hacer para "vaciar la tierra de su población indígena". Sus dirigentes habían dejado claro que no les importaban los medios que usaran para conseguir que cada operación contribuyera a la judaización de Palestina. Y esa labor de adoctrinamiento ha proseguido a nivel internacional hasta la actualidad gracias al formidable aparato de propaganda en que se ha volcado el capital judío. Para Pappé (2002: 1-2), en 1948 se unieron el momento más glorioso y el más perverso de la historia judía. El más glorioso fue el milagro de "tener un Estado o alcanzar un sueño de retorno a la tierra después de lo que ellos contemplaban como 2000 años de exilio". El más perverso fue la colonización, las masacres, las violaciones y la quema de aldeas palestinas, porque "los judíos hicieron en Palestina lo que no habían hecho en ningún lugar durante los 2000 años anteriores". Por ello, la memoria colectiva israelí ha borrado el momento perverso, distorsionando la historia de los acontecimientos del 48: términos como "limpieza étnica" o "expulsión" de palestinos no existen, y han sido reemplazados -en los libros de texto, en los contenidos académicos y en el discurso político- por una historia de liberación nacional y de gloriosas campañas, repletas de heroísmo, coraje y superioridad. Y esa memoria colectiva lucha contra cualquiera que intente recordarle la realidad, tanto fuera como dentro de Israel. Al acabar la guerra del 48, Israel había conseguido el 78% del territorio de Palestina, mientras Jordania y Egipto se quedaban con Cisjordania y Gaza respectivamente hasta 1967. También cabe resaltar que Iraq fue el único país árabe que no firmó el armisticio de Rodas de principios del 49 que ponía fin a la guerra, y que en la Conferencia de Lausana de abril del 49 Israel prefirió un armisticio, pues un acuerdo de paz habría supuesto reconocer un Estado Palestino y admitir el retorno de los refugiados y la devolución de sus tierras (JJ: 13) Otro intento de expansión fallido se produjo en la crisis de Suez de 1956.Gran Bretaña se alió con Israel y Francia para organizar un complot militar, en el que el ataque israelí en el Sinaí sirviera de excusa para que las fuerzas franco-británica intentaran recuperar el Canal. El ataque fue precedido por otra masacre de campesinos en la aldea de Kufr Qásim (29-10-1956), a fin de distraer la atención. Sin embargo, EE.UU. la URSS y la ONU condenaron el ataque, y las tropas tuvieron que retirarse. La conquista de Palestina continuó en la Guerra de Junio de 1967, en la que Israel ocupó Gaza y Cisjordania -tierras palestinas que habían estado desde 1948 bajo administración jordana y egipcia, y en las que prosiguieron su política de expulsión y colonización- así como el Golán sirio y el Sinaí egipcio. Esta guerra también fue ofensiva, a pesar de que la teoría oficial la considera un "ataque preventivo" para defenderse de la alianza de Egipto, Siria y Jordania. En realidad, como dijo Rabín en 1968, fue sólo un "pretexto", o una ocasión para expandirse, como declararon varios líderes israelíes: "no había amenaza de destrucción", pero "el ataque estaba justificado en todo caso para que Israel pudiera existir según la escala, el espíritu y la calidad que ahora encarna" (JJ: 16). Así esas tierras se convirtieron en lo que hoy se denomina "Territorios Ocupados" (TTOO). El general Moshé Dayán, héroe de la guerra del 67, era consciente de la usurpación, porque dijo más tarde: "Este país ya estaba poblado por árabes, y estamos estableciendo aquí un estado hebreo, es decir, judío (...) Las aldeas judías fueron construidas remplazando a las aldeas árabes. No hay una sola comunidad en el país que no haya tenido antes una población árabe". "Les estamos quitando su tierra ante sus propios ojos" (JJ: 24, 26). Dayán confesó también que provocaron a Siria metiendo tractores en sus tierras para que dispararan y poder atacar ellos (JJ: 16). Su biógrafo aclara las tácticas israelíes para apoderarse de esa tierra, como la de "inventar peligros" para entrar en el ciclo de "provocación-revancha" -táctica que han seguido practicando con asiduidad y que también está usando ahora el eje Bush-Blair-Sharón-, pues consideraba la espada como principal arma de Israel y deseaba una guerra con los países árabes para expandirse más allá de sus fronteras en busca del Gran Israel bíblico (JJ: 26). A partir del 67 los "Territorios Ocupados" quedaron sometidos al control de Israel, que volvió a conculcar la legalidad internacional incumpliendo las distintas resoluciones de la ONU, como la 242 que le exigía retirarse porque se juzgaba "inadmisible la adquisición de territorios por la guerra". Pero, según la interpretación sionista, no tiene sentido hablar de ocupación de Gaza y Cisjordania: refiriéndose a esos "territorios ocupados", ha dicho en sus recientes declaraciones a la TV estadounidense Uzi Landau, Ministro de Seguridad de Israel: "somos un pueblo que vuelve a casa" (Said, 2002: 6). Por tanto, Israel prosiguió e intensificó su política de expulsión y colonización[10]. Al no esperar ya ayuda de los países árabes, a partir del 67 se va a producir una oleada de atentados de la OLP para mantener viva en la opinión pública la existencia de la causa palestina. Pero la hábil propaganda judía sacará aprovecho de ello: a mediados de los 70, Israel empezó a usar la palabra "terrorista" para describir cualquier acto de resistencia palestina, norma que adoptará desde entonces para eliminar la diferencia entre puro terror y resistencia armada (Said, 2002: 2). Así, en la opinión publica irá calando la asociación mental entre "palestino"y "terrorista". Otro suceso clave para los intereses israelíes fue su incursión en el Líbano de 1982[11]: pretextando "autodefensa", Israel desencadenó la operación "Paz en Galilea", durante la que bombardeó Beirut, con el objetivo de acabar con la resistencia palestina y con su líder Arafat, causando 20.000 muertos, la mayoría de ellos entre la población civil libanesa. Y con la ayuda de las Falanges libanesas perpetraron las terribles matanzas de Sabra y Chatila (16/18-11-1882), de las que está acusado Ariel Sharón en los tribunales internacionales[12]. Ambas acciones serán condenadas por la ONU, que le exigirá retirarse, pero Israel seguirá ocupando el sur del Líbano hasta el año 2000. La total impunidad de la actuación israelí dejó claro ante el mundo que ni los EE.UU. ni los regímenes árabes de la región harían nada para frenar los ataques de su poderoso ejército. Desde 1948, EE.UU. ha venido dando su apoyo incondicional al Estado de Israel y le ha garantizado la supervivencia con ayudas directas y con su apoyo en los organismos internacionales[13], entre otras razones, porque el lobby judío y su capital dominan los medios de comunicación y las grandes multinacionales, y tienen mucho peso en las campañas electorales. Por otro lado, cuentan con la connivencia de distintos países de Europa, aún culpabilizados por el Holocausto nazi. Y los dirigentes árabes, que en un principio apoyaron a los palestinos, luego se han mostrado incapaces de hacer nada eficaz por defenderlos[14]. Tras una etapa de olvido internacional sobre la cuestión palestina, el estallido de la primera Intifada en diciembre de 1987 (1987-1990) sensibilizó a la opinión pública internacional al mostrar la brutalidad que empleaba el poderoso ejército israelí contra niños y jóvenes armados con piedras[15]. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU ha considerado muchas de esas acciones como "crímenes de guerra", y la Resolución 605 (22-12-1987) condenó la represión, con la abstención de EE.UU. )Fue una casualidad que en esta atmósfera EE.UU., con Bush padre a la cabeza, liderara una coalición internacional para desatar la Tormenta del Desierto sobre Iraq (Guerra del Golfo de 1990-1991), que luego pusiera en marcha el denominado Nuevo Orden Regional para Oriente Medio y que pensara en una Conferencia de Paz? Lo cierto es que EE.UU., la URSS y distintos países europeos y árabes iniciaron un controvertido "Proceso de Paz", que comenzó en Madrid en octubre de 1991 y culminó en los Acuerdos de Oslo de 1993, en los que se planteaba la creación de unas zonas autónomas en Cisjordania y Gaza que podrían desembocar en un Estado Palestino al cabo de 5 años. Pero Israel los torpedeó, violando impunemente los derechos palestinos y aumentando sus asentamientos; y poco después, los partidarios de judeizar Palestina no dudaron en acabar con tan tímidas esperanzas, asesinando a Rabín (4-11-1995). Además, cada denuncia palestina de la violación de los Acuerdos de Oslo ha caído en saco roto, gracias al apoyo que Israel recibe en la ONU de los EE.UU., aunque Israel no podrá evitar las condenas de asociaciones de Derechos Humanos. De nuevo Pappé (2002a: 4-5) nos proporciona una explicación bien diferente del llamado "Proceso de Paz". Según él, desde 1969 -en que EE.UU. pone en marcha el Plan Rogers para Oriente Medio- "la agenda del proceso de paz ha sido un juego de EE.UU. Los estadounidenses inventaron el concepto de >proceso de paz= por el cual el proceso es más importante que la paz"; para mantener sus intereses contrapuestos -protección de Israel y protección de determinados regímenes de Oriente Medio que piden el apoyo a la causa palestina-, "es mejor tener un proceso de paz que no sea ni la guerra ni la paz". Así, mediante la Resolución 242, Tel Aviv, Londres, París y Nueva York "inventan el concepto de 'paz por territorios= ", lo que supone borrar de la agenda los sucesos de 1948 y enfocarla a lo sucedido en 1967, "permitiendo a los palestinos hablar de construir algo parecido a una entidad política en el 20% de Palestina", a cambio de renunciar definitivamente al 80% restante. Y este proceso debe "mantenerse permanentemente", evitando tratar las cuestiones de fondo, pues una solución justa sería inaceptable para Israel[16]. En septiembre del 2000 la visita de Sharón a la explanada de las mezquitas provocó[17] la 2ª Intifada, que Pappé (2002: 6) define como un "movimiento popular determinado a paralizar un proceso de paz que habría destruido Palestina de una vez por todas". La administración Clinton había intentado relanzar el agonizante "Proceso de Paz" desde 1999, pero las intensas negociaciones de Camp David II no condujeron a un acuerdo, según Pappé (2002: 5), no sólo por el estallido de la 2ª Intifada, sino porque el ofrecimiento del gobierno de Barak, vendido a la opinión pública como "la oferta israelí más generosa nunca hecha para la paz"[18], era inaceptable. "Si este proceso hubiera tenido éxito, la historia habría sido testigo, no sólo de la expulsión de los palestinos de sus hogares en 1948, sino de la erradicación de nuestra memoria colectiva de los refugiados, de la minoría palestina de Israel, y quizás, incluso, de Palestina". Dada la represión israelí contra los palestinos que se está produciendo al amparo del ataque a Iraq, puede predecirse que si se reanuda el "proceso de paz", las ofertas no serán más "generosas", a pesar de las declaraciones que se están haciendo sobre el tema. El fracaso de la cumbre de Camp David II del 2000 se saldó con la llegada al poder en Israel del ultra-derechista Sharón en febrero de 2001, que puso en marcha su plan para acabar con los palestinos[19]. Poco después, en junio de 2001, llegó a la presidencia de EE.UU. George Bush hijo, que nombró Vicepresidente a un judío, Dick Cheney[20]. Desde entonces, como la familia de Bush y muchos miembros de su administración tienen importantes intereses en las compañías petrolíferas, Bush intentará conciliar dos necesidades contrapuestas: por un lado, proteger a Israel[21], y por otro, no enemistarse con los principales productores petroleros de la región. Así, mientras declaraba su deseo de que se creara un Estado Palestino en el futuro, se ha entrevistado en numerosas ocasiones con Sharón (7-5-2002), al que llegó a llamar "hombre de paz" [sic], y ha vetado las resoluciones de condena a Israel por sus graves violaciones de los derechos de los palestinos. La "tercera coyuntura" favorable para que Israel desaloje a los palestinos de los TTOO e incluso para que pueda expandirse aún más en un futuro se le ha presentado como consecuencia del proceso bélico iniciado tras los terribles atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono del 11 de septiembre del 2001, atribuidos a Bin Ladin y a su organización al-Qa'ida[22]. De hecho, ya se ha ampliado el abismo que estaba abierto ante los palestinos. Por un lado, la cruzada internacional contra el terrorismo ha sido utilizada por Sharón para enterrar definitivamente el proceso de paz y acabar con la Autoridad Palestina[23]. Por otro, la asociación mental "palestino = terrorista" se ha ampliado a "palestino-árabe-musulmán = terrorista", porque los mass media sólo muestran los aspectos más perversos del mundo arabo-musulmán, de forma que éste quede asociado al concepto de "terrorismo" y de enemigo a batir[24]. Las primeras reacciones de la administración Bush se dirigieron contra Afganistán, con la pretensión de acabar con Bin Ladin y su organización[25], pero su aparente fracaso les llevó a diseñar un "eje del mal", formado por países de mayoría islámica, como nuevo blanco de su "cruzada contra el terrorismo internacional". A partir de entonces, la administración Bush, con la ayuda británica, ha orquestado la campaña para acabar con el régimen iraquí, mientras está tomando otras medidas ante los desafíos nucleares de Corea del Norte. ¿Por qué ha elegido continuar su cruzada precisamente por Iraq? Entre otras muchas e importantes razones -algunas de las cuales ya se han señalado-, porque, para su proyecto geoestratégico, necesita proteger a Israel, su principal aliado en la región. Con este ataque, ambos salen ganando: EE.UU. continúa su asentamiento en una zona rica en petróleo, e Israel se queda con las manos libres para completar su proyecto sobre Palestina, como pone de relieve Pappé (2002: 2): "No sorprende leer hoy en la prensa israelí que Ariel Sharón piensa que él es el nuevo Ben Gurión, que está a punto de conducir a su pueblo a otro nuevo momento revolucionario -la guerra contra Iraq- en el que la expulsión, y no la solución política, puede ser utilizada de hecho para completar más aún el proceso comenzado en 1882 de desarabizar Palestina y judaizarla". Y además existe el riesgo de que, tras la guerra, Israel quede en condiciones de ampliar sus dominios. Las masivas manifestaciones que se produjeron el 15 de febrero en todo el planeta han puesto en evidencia el peligro que representa para la paz mundial la política de las administraciones norteamericana y británica en Oriente Medio, pero sigue sin salir a la luz la importancia del papel que juega Israel y su política en esta crisis. La comunidad internacional sigue mirando para otro lado ante las atrocidades que está cometiendo, sin relacionarlas con esta guerra, y sigue aplicando el doble rasero. Si están justificados los reproches que se hacen a Saddam Husain y a su régimen, los mismos reproches se le tienen que hacer a Ariel Sharón y al Estado de Israel por muchas razones:
Paso a paso, y por la vía de los "hechos consumados", el proyecto sionista se ha ido abriendo camino, y la ocupación de Iraq le brinda una magnífica ocasión para culminar la desarabización de Palestina,"una oportunidad extraordinaria para solucionar el problema[27], para "resolver la cuestión palestina de una vez por todas", en aparente contradicción con los discursos oficiales de la coalición que ha ocupado Iraq (Cfr. Gutride, 2002). Según Pappé (2002: 6), el discurso del transfer[28] y la expulsión, que antes era propio de la ultra-derecha israelí, ahora es un referente del centro, y "si comienza una guerra contra Iraq, el transfer deberá formar parte de la agenda". Existe, por tanto, un riesgo real de que Israel acelere sus planes de ocupar toda Palestina y se repita la "limpieza étnica" de 1948, ya que sus dirigentes saben que tiene carta blanca de EE.UU., y que serán "condenados por el mundo, pero eso durará poco y al final se olvidará", gracias a la ayuda de sus poderosos protectores. Pero, como también dijo el poeta palestino Ibrahim Tuqán, "matar a un individuo es un crimen; matar a un pueblo entero es un asunto a discutir". |
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Por todo lo expuesto se puede concluir que las pretendidas razones de Bush y Blair para atacar a Iraq son sólo una cortina de humo para ocultar los oscuros intereses que se esconden tras su empresa: entre ellos, el ya evidente de instalarse en la región, apoderarse de sus recursos petrolíferos y controlar la economía mundial -incluida la de Europa ¡atención a este dato! (cfr. Harris, 2003 o Valverde, 2003)-, y el aún silenciado de proteger y consolidar a Israel, su necesario aliado, aunque este estado no respete los derechos humanos del pueblo palestino, haya atacado y ocupado ilegalmente zonas de los países vecinos y los territorios palestinos y haya incumplido de manera sistemática las resoluciones de las Naciones Unidas desde 1948. Es evidente que la política belicista del eje Bush-Blair-Sharón sí supone una grave amenaza para la paz mundial, mayor incluso de la que podía suponer la del debilitado Iraq[29]. Por desgracia, el eje anglo-americano- israelí no va a renunciar a sus metas por lo mucho que se juega en el envite -como están demostrando los acontecimientos-, aunque tal vez la oposición de la sociedad civil internacional y la denuncia de los verdaderos intereses que se esconden tras su agresión puedan ayudar a paliar o modificar las consecuencias previsibles e imprevisibles de la ocupación de Iraq. De hecho, ya están obligándoles a negar esos intereses, pero la comunidad internacional debe seguir atenta el proceso para que las administraciones de EEUU, Gran Bretaña e Israel no logren los turbios objetivos que están persiguiendo. |
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Notas [1]
En 1900, un millón de judíos se habían establecido en EE.UU. y otros muchos
en diversos países de Europa, desoyendo sus primeras llamadas a instalarse en
Palestina. |
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BIBLIOGRAFÍA |
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