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Jerusalén, la ciudad del horizonte abierto, el lugar que no conoce barreras culturales o espirituales, está siendo actualmente estrangulada por un muro de
apartheid que los ocupantes israelíes llaman el anillo de seguridad de Jerusalén. Jerusalén, donde nací y el lugar donde mis abuelos, mis padres y yo hemos estado viviendo desde que nacimos, ha sido recientemente designada por el Congreso norteamericano para ser la capital única de la única potencia ocupante sobre la Tierra, Israel. Nuestro hogar está lejos de la vista y
del alcance de su gente, y esperamos ser afortunados si conseguimos los documentos especiales israelíes que nos permitan llegar a nuestras casas y familias, esta es la racionalidad de los ocupantes.
Cada mañana, cuando mi hermana y yo vamos haciendo nuestro largo y dificultoso camino alrededor de los suburbios de Jerusalén, entrando y saliendo de los
check-points, a través de colinas y por malas carreteras, para llegar a tiempo a nuestro trabajo, pienso para mí mismo: Palestina ocupada es, en efecto, la tierra de la constancia. Yo lo sé tanto como lucho por tener una vida decente en la ciudad donde nací, Jerusalén, siempre conduciendo y motivado por el convencimiento de que mis circunstancias son mejores que las de mucha de mi gente.
Después de todo, y a pesar del acoso, puedo ir a mi trabajo en el Monte de los Olivos gracias a mi tarjeta de identidad de Jerusalén, mientras mis colegas de Gaza o Cisjordania se arriesgan a que les disparen o detengan en el camino a su trabajo. En el trabajo encuentro lo esperado: largos turnos de servicio, noches sin dormir, jefes difíciles y malhumorados, pacientes muy enfermos y desesperados, y poco o nada de sueldo. No obstante, estoy mejor que otros a los que no les está permitido acceder a su lugar de trabajo, lo que añade un sentido de inutilidad y aburrimiento a nuestras apenadas vidas.
Cuando miro hacia los dos últimos años de sangre y destrucción y pienso en las masivas pérdidas palestinas en vidas humanas y propiedades civiles, siento cólera y dolor por el punto al que hemos llegado, pero, ciertamente, no hay remordimiento o pesar por la Intifada.
A pesar de que los palestinos tenemos nuestras pequeñas y grandes diferencias sobre las vías y técnicas de nuestra lucha popular de liberación, estamos totalmente de acuerdo en que Israel no mantendrá una ocupación pacífica y feliz.
Mientras el mundo sólo oye hablar de los palestinos que se hacen explotar con la esperanza de acabar con la ocupación, la mayoría de los palestinos están dando extraordinarios y constructivos ejemplos de resistencia y capacidad para mantener la identidad y el espíritu palestinos en su tierra ocupada. A pesar de las insoportables circunstancias y las condiciones de vida que hacen incompatible la propia vida, nuestro pueblo está empujando para seguir con un indomable deseo de resistir a una no oculta agenda de limpieza étnica y exterminio racial y cultural.
Mi amiga Reem es una maestra que vive en Nablus, bajo un estricto toque de queda y un cerco que le impide, a ella y a cientos de miles de personas, salir a buscar su pan diario. A pesar de ello, Reem da clases gratis diariamente a 18 niños que viven en su bloque de apartamentos. Reem y sus colegas, que participan en un programa alternativo de educación popular, han perdido sus trabajos formales, pero todavía tienen la energía suficiente para resistir a una política que pretende crear futuras generaciones de palestinos iletrados.
Abu Jaber , un ciudadano de Hebrón, ha visto demoler su casa por tercera vez por el ejército de ocupación. Cada vez que su casa es demolida, Abu Jaber convoca a los más jóvenes de su familia para reconstruirla. A pesar de su elevada edad y limitada capacidad física, Abu Jaber es fuerte en su deseo y persistencia.
La constancia y perseverancia de los palestinos se demuestra en cada alumno yendo a la escuela bajo cielos acribillados a balazos, en cada pareja empezando una nueva vida juntos en medio de la violencia y la opresión, en cada granjero sembrando nuevas semillas y plantones en el lugar de sus árboles arrancados y campos quemados. Nuestro pueblo está creciendo en su responsabilidad de preservar la herencia palestina y el legado para nuestros hijos, a pesar de tener todos los factores en contra.
Esta dimensión no violenta de la lucha de los palestinos no es menos importante que la lucha armada, aunque sea más sigilosa. De hecho, las abiertas llamadas a la deportación masiva de palestinos que estamos oyendo más a menudo actualmente, unido al carácter explotador de la mentalidad del ocupante, reflejan la percepción israelí de nuestra simple presencia en esta tierra, que no considera nuestras acciones cívicas y populares de desobediencia.
No importa que resistamos pacífica o violentamente, somos igualmente condenados y blanco de la ocupación. El único palestino bueno es el palestino muerto. Eso es lo que un educador israelí cuenta a sus alumnos al comienzo del curso académico y esa es la razón por la que, desde el inicio de la Intifada, mujeres, niños y civiles desarmados han sido blanco de los francotiradores israelíes. La más reciente, aunque no la última, de la lista es Shaden Abu-Hejleh, asesinada mientras cosía en la puerta de su casa, y el niño de 4 años Tawfik Muhammad Barakeh, muerto bajo los escombros de su casa demolida en Rafah.
Como un Estado colonial, Israel se ha establecido en Occidente bajo tres mitos: Ser la única democracia de la región; ser las únicas víctimas de la historia; y la insignificancia e inutilidad de árabes y musulmanes en general y la deshumanización de los palestinos en particular.

El alzamiento de nuestra nación entera frente a nuestros verdugos y la incendiaria, brutal reacción de Israel a nuestra Intifada ha desenmascarado todos estos mitos previos. Aparte del hecho de que muchos de nosotros estamos viviendo como refugiados, en la Diáspora, o somos forzados a aceptar una ciudadanía semi-israelí que nos permita seguir viviendo en nuestros hogares y pueblos, los palestinos son todavía una nación; las víctimas del pasado son los verdugos de hoy.
Aún demasiado arrogantes para reconocer nuestros derechos en esta tierra, la "única democracia" piensa que no nos han ganado porque el poder que han usado no es suficiente, y necesitan imponer más maldades y opresión a nuestro pueblo para apagar la mecha. Hasta que ellos se den cuenta de que para ganar y tener paz tienen que deshacer sus errores, la ocupación socavará la estructura moral y espiritual de la nación judía con cada crimen que cometa contra la humanidad.
Cuando los ocupantes tomaron nuestra tierra matando y expulsando a nuestra gente en 1948, dijeron que en Cisjordania no vivía nadie. Sólo en la mitad de los 70, cuando unos pocos palestinos participaron en el secuestro de aviones, reconocieron la palabra palestino, pero asumiendo que la palabra significa un grupo político, no una nación. La Intifada palestina está haciendo llegar nuestra situación a un público más amplio, y , a pesar de sus esfuerzos mediáticos para hacernos aparecer como terroristas, enemigos de la civilización y de la humanidad, y de intentar desacreditar nuestra lucha de liberación como una extensión del terrorismo islámico global, nosotros continuamos la lucha con la firme creencia en la justicia y el valor moral de nuestra causa.
La situación palestina no está huérfana. Es el símbolo de todas las luchas nacionales contra la opresión, el colonialismo y el racismo. Es precursora del movimiento internacional contra el imperialismo y la presencia de la bandera palestina en cada manifestación contra la guerra y antiglobalización es una evidencia de esto. Hoy sentimos que somos los herederos de todos los expulsados y los explotados, los diputados de todos los oprimidos y los desposeídos, la memoria viva de la historia revolucionaria. No satisface a los palestinos inclinarse ante la injusticia y jugar el papel de víctimas; bien al contrario elegimos ser un vivo ejemplo de un movimiento popular de liberación.
No hay muchos ejemplos en la Historia en que una nación entera se levante contra una ocupación tremendamente brutal y poderosa, como los palestinos hoy. No estamos buscando la compasión y la simpatía del mundo; lo que realmente queremos es un movimiento de solidaridad internacional y el apoyo de cuadros internacionales, progresistas, liberales y morales.
Muchos israelíes dicen que los palestinos tienen todo el mundo árabe para irse. Otra gente dice que los palestinos aceptan el sufrimiento porque no quieren aceptar la realidad. Algunos amigos sugieren que los palestinos podrían irse y encontrar una vida mejor lejos de la ocupación. Muy a menudo soy invitado por buenos amigos internacionales a irme con ellos en condiciones más fáciles, en vez de malgastar mi vida en medio de la violencia.
Lo que todos ellos olvidan es que, aparte de los problemas, nosotros, palestinos, amamos a nuestra tierra, como la gente que quiere y cuida a sus hijos minusválidos o deficientes, enfermos y/o ancianos seniles. Odio llamar a eso amor incondicional, porque esta definición falsamente admite amor condicional, que no es otra cosa que amor. El amor de los palestinos por su tierra, más que posesiva es una emoción de entrega.
No es una mera familiaridad con la tierra o con sus productos o con su gente o con su cultura, sino más bien son los invisibles hilos de pasión que inconscientemente nos atan a la única configuración de todos estos elementos, lo que hace de Palestina nuestro único hogar y nos reúne en la solidaridad de estar sin hogar.
No hace mucho, un periodista israelí me preguntó: ¿Cómo se ha sentido en una ciudad moderna como Tel Aviv, envidioso, celoso, distante? Yo contesté: Me sentí bien en Tel Aviv. Me gusta el lugar y lo anhelo como me gustan y anhelo Jenin, Nablus, Haifa, Yaffa y cada parte de Palestina. Al periodista y a su periódico, Ha'aretz, no les gustó lo que había dicho e hicieron un chiste sobre mi respuesta: "Samah Jabr: Tel Aviv es nuestra, y la Gran Palestina" " Samah Jabr lo quiere todo", eran los subtítulos de " El fin de la empatía", otro artículo que ofrece evidencias fabricadas de que no hay socios palestinos para la paz. Esta falta de sensibilidad y entendimiento expresada por aquellos que viven tranquilos en un entorno explotador no me sorprende; pero me asombra su confianza ilusa en sus muros y barreras para cortar nuestra fuerte creencia en nuestra tierra.
Mientras los israelíes continúan su agresión, empujados por el convencimiento de que esta tierra les fue prometida, nosotros los palestinos soportamos la dura vida bajo la ocupación y el dolor del camino sangriento hacia la libertad, fieles a la creencia de que fuimos prometidos a esta tierra.
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